Estados Unidos es uno de los países más duros e inflexibles en cuanto a su política migratoria e incluso ha llegado muchas veces a la indolencia y la crueldad en la frecuente repatriación masiva de ilegales mejicanos, pero Amnistía Internacional y las ONG que en teoría defienden los derechos humanos no dicen nada.
Canadá, Francia, Venezuela, España y muchos otros, por poner algunos ejemplos, también son sumamente estrictos en la deportación de ilegales, pero igual que con Estados Unidos, los presuntos interesados no dicen nada.
República Dominicana, en cambio, no es tan fuerte en su política migratoria como debiera.
Con los haitianos, que constituyen el principal flujo migratorio hacia suelo dominicano y la causa número uno de cualquier discusión sobre migración en nuestro país, hemos sido tan flexibles que aún ante amenazas contra nuestro fundamental derecho a la salud fuimos incapaces de tomar necesarias medidas como el cierre total de la frontera cuando desató el brote de cólera.
Hemos permitido, por demasiado tiempo, una enorme cuota de ilegales haitianos, muchos de los cuales han recibido en nuestro país la educación, las atenciones médicas, los empleos y hasta el trato que no reciben muchos dominicanos.
Por si fuera poco, la exagerada solidaridad dominicana con nuestro vecino país ha llegado a grados tales que el Gobierno le envía ayuda económica para resolver a los haitianos problemas que a los dominicanos que viven en la indigencia y pobreza extrema no les resuelven, y para colmo, prometió nuestro presidente Fernández construirle a Haití una universidad como no la ha siquiera pensado para el país que gobierna, edificación que constituirá sin dudas las más moderna en todo el territorio haitiano.
Con todo esto, deberíamos ser reconocidos y altamente valorados por una comunidad internacional que no ha jugado su papel ni ha sido tan responsable con el problema haitiano como las circunstancias ameritan.
Sin embargo, como nos hemos dejado humillar tantas veces y hasta hemos permitido que nos lleven al banquillo de los acusados grupos que necesitan justificar su sostén económico y encuentran en el escurridizo Gobierno dominicano un objetivo fácil, hoy somos de nuevo el culpable favorito de organizaciones que nos atacan y nos pisotean pero que no dicen nada ante reales abusos y no dedican ni una ínfima parte de sus recursos a trabajar por los haitianos allá en Haití.
Así como la mujer frágil y sumisa que se deja atropellar por el marido, si nos toman de chivos expiatorios y tontos útiles es porque nos dejamos. Como país debemos asumir y defender nuestra soberanía, ponernos bien los pantalones y decirles a Amnistía Internacional y demás acusadores que ya está bueno de chantaje.
Leila Mejía es abogada y comunicadora
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