Para la mayoría de las islas caribeñas los cruceros representan importantes recursos económicos.
Esto así, porque cada barco llega a puerto cargado con miles de turistas con cierto poder adquisitivo y usualmente dispuestos a conocer y consumir.
Por esta razón, la mayor parte de dichas islas, aún las más pequeñas, hacen enormes esfuerzos por acondicionar sus puertos al máximo, mejorar su fachada, crear áreas de orientación al turista, ofrecer atractivas opciones de excursiones y de productos y en fin, prepararse lo mejor posible para que las líneas de cruceros vean incentivos en llevar sus pasajeros a esos destinos.
Muchas de las islas que forman parte de las Antillas han logrado adecuarse de tal forma que reciben varios barcos todos los días, a pesar de no ser necesariamente los lugares más hermosos, los más históricos, en los que se pueda hacer mejores compras o en general, los que tenga más cosas para ofrecer.
Islas como Tórtola, con menos de 25,000 habitantes o Virgin Gorda, con menos de 5,000, constituyen habituales paradas de las más reconocidas líneas de crucero del mundo.
Mucha gente obviamente se pregunta por qué estas líneas prefieren destinos como esos en lugar de elegir a República Dominicana que naturalmente cuenta con bellezas naturales y atributos incomparables con los de las demás islas.
Lamentablemente la respuesta es muy fácil.
Las líneas prefieren islas como Tórtola porque allí no se atascan neveras en las hélices del barco como ya ocurrió en el Ozama hace unos años, no hay taxistas sacando pistolas, organizadores de excursiones peleando por los clientes, “buscones” acosando turistas, venduteros estafadores, un río colmado de basura y con un horrible olor, imágenes de suciedad, descuido y pobreza, limosneros y mendigos molestando constantemente, falta de orientación sobre qué hacer en la ciudad y cómo hacerlo, falta de señalización racional, agentes de migración queriendo demostrar su autoridad con necedades insensatas, absoluta falta de protección y seguridad, entre muchos otros factores que caracterizan a nuestro país y que se perciben desde que los barcos están llegando a Sans Soucí.
A pesar de los esfuerzos de algunas autoridades de turismo, es mucho lo que falta para que el país se acerque a lo que podría ser.
Y se requiere no sólo una labor conjunta de numerosas instituciones como ayuntamientos, Policía Nacional, Dirección General de Migración, entre muchas otras, sino además un cambio urgente de mentalidad de muchos dominicanos que parece que han estado tanto tiempo sumidos en el atraso que lo han asumido como parte normal de la vida.
Leila Mejía es abogada y comunicadora
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