Me contaron del hombre que al preguntarle a la esposa si le sería infiel por un millón de dólares ella dice “claro”, pero al preguntarle si sería infiel por mil pesos ella dice: “No, ¿qué crees que soy?”, a lo que él responde: “Lo que eres está claro, lo que se discute es el precio”.
Cuando pensé el tema, llegué a la conclusión de que, más que un chiste, refleja una sociedad en la que cada vez más personas están dispuestas a poner precio a cosas en principio invaluables.
En lo laboral hay demasiado ejemplos de compra y venta de conciencias.
Profesionales que defienden intereses extranjeros y luego se comprometen con antagónicos intereses nacionales por un cargo de director de alguna asociación de renombre; abogados que gestan legislaciones que enarbolan como la panacea del Derecho hasta el día en que afectan las intenciones de un adinerado cliente; organizaciones de una mal llamada sociedad civil que convierten en el centro de su accionar labores orientadas a la defensa de un statu quo determinado hasta el momento en que atenta contra las necesidades del grupo que las financia, entre otros.
En las relaciones personales es también palpable. Compañeros de trabajo capaces de traición y descrédito para ganar la competencia de un ascenso; mujeres dispuestas a asumir el rol de segunda a cambio de un carro de primera; hombres que dejan a la madre de sus hijos por la hija de algún poderoso que le garantice su prosperidad financiera con el menor esfuerzo, etc.
En los partidos políticos es todavía más evidente porque se guardan menos las formas.
Jóvenes que prometen las transformaciones que la modernidad requiere, pero se acomodan a un más de lo mismo a cambio de cargos o prebendas; tránsfugas que entregan el alma militando una vida en un partido pero la venden fácilmente a la oposición por una contrapartida; dueños de medios que reconocen el esfuerzo de sus empleados pero los sacrifican ante la solicitud de un funcionario por diferencias políticas, entre muchas otras cosas.
Lo peor no es que la moral, la dignidad, los principios y la seriedad de mucha gente se pueda comprar, sino, la indiferencia y hasta cierta complicidad de una sociedad que lo acepta sin cuestionamientos y en ocasiones lo aplaude.
En este mercado de inmoralidades no sólo hay vendedores y compradores, sino además, espectadores deseosos de ser parte del proceso, y hasta que no existan personas dispuestas a establecer sanciones morales a dichas prácticas, seguiremos viendo florecer sus ventas.
Leila Mejía es abogada y comunicadora
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