Tan importante es la Constitución que la rama del Derecho que la estudia, el Derecho Constitucional, es la única que analiza al individuo por el hecho de ser persona y por tanto sujeto de derechos, en lugar de tratarla por el rol que coyunturalmente pueda desempeñar como víctima o delincuente, como padre o hijo, como inventor, como comerciante, entre muchos otros ejemplos.
Por tal motivo, lo que sucede con la Constitución trasciende el ámbito de abogados y juristas para convertirse en un tema de interés general porque sus efectos tendrán repercusiones en todas las personas sin distinción alguna.
Por ello, es urgente en estos momentos que la población dominicana ponga su ojo avizor sobre las incoherencias que muchos de los legisladores han planteado y hasta han logrado que sean aprobadas en el marco de la reforma constitucional.
En principio se creía que la reforma sería producto de un mal llamado proceso de consulta popular que habría llevado a cabo el presidente del país para legitimar sus requerimientos en una nueva Constitución.
Luego se vendió la idea de que sería consecuencia de un pacto entre los principales partidos políticos.
Sin embargo, hoy parece que la reforma está siendo un resultado de intereses individuales de algunos legisladores, de negociaciones a menor escala entre ellos mismos o entre ellos y algunos sectores y hasta en ocasiones, sencillamente, un reflejo de la ignorancia y falta de capacidad con que lamentablemente, gracias a la podredumbre clientelista de nuestro sistema, muchos llegan a convertirse en nuestros representantes sin tener más mérito que haber conseguido más dinero y más favores para su campaña.
La verdad es que ya hasta molesta el discurso sobre institucionalidad, transparencia y democracia por lo contrastante que es con la realidad que estamos viviendo en el país.
Lo cierto es que muchos de nuestros legisladores, ahora igual que siempre, están actuando de espaldas al pueblo y haciendo simplemente lo que les da la gana.
Y lo peor de todo es que se atreven a negarlo con sus caras muy frescas y desvergonzadas ante esas cámaras de televisión que ellos mismos procuran para llamar la atención.
Los dominicanos debemos desenmascarar ya ese teatro legislativo. Debemos salir de este trance en que nos han sumergido y alzar la voz en protesta y rechazo contra el retroceso constitucional.
Si no lo hacemos, si perdemos nuestra voz y elegimos voluntariamente ser mudos y sumisos, entonces nos merecemos todavía más de esos desechos que nuestros políticos nos tiran encima.
Leila Mejía es abogada y comunicadora
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