Fueron las horas más largas de mi vida. Yo sabía en lo que me estaba involucrando y nunca dudé que no me agradaría.
Lo hice porque el fin justifica los medios y en el caso no había otro medio posible para lograr el resultado anhelado.
Pero esto no significa que no me den ganas de quejarme a viva voz de ese interminable mal rato.
Dios sabe que traté de manejar mi disgusto de la mejor manera que me fue humanamente posible.
Me tomé el tiempo previo que creí suficiente para intentar acostumbrarme a la idea. Justifiqué el hecho, racionalizando los motivos que me llevaban a hacerlo para convencerme de que no tenía alternativas.
Incluso busqué fuentes de distracción y otras cosas en las cuales ocupar mi pensamiento durante el largo momento en que mi cuerpo era llevado por un camino que indiscutiblemente yo detestaba pero que definitivamente ya a esas alturas no podía evitar.
Pensé que con todo eso las cosas pasarían más rápido y mi carga sería más ligera, pero estaba equivocada.
Fueron tantos los minutos que contaba uno a uno para tratar de olvidar que ya estaba embarcada en la odiosa travesía y que era demasiado tarde para cambiar de opinión. Incluso busqué refugio en unas copas de tinto a pesar de estar contraindicado con aquellas pastillas.
Pero es que eran tan necesarias esas pastillas, como un último recurso, como un intento desesperado por contener esa terrible náusea que hasta dificultaba mi respiración.
A pesar de la somnífera mezcla mi cuerpo no parecía ceder, pues permanecía completamente alerta a lo que estaba ocurriendo.
Pendiente de cada sonido, de cada movimiento, de cada instante que se hacía un poco más difícil que el anterior.
Miraba hacia arriba y miraba el reloj. Miraba la ventana y de nuevo el reloj. No podía creer que el tiempo transcurrido fuese tan corto pues yo lo había sentido como una eternidad.
Y lo peor ya no era siquiera la odisea que había consentido, sino la impotencia de saber que ya no tendría forma de impedirlo y menos aún de retroceder. Era inevitablemente, irremediablemente, irreversible.
Comenzaba un fuerte dolor de cabeza y una incómoda molestia en los oídos que me provocaba emociones encontradas.
Y es que, si bien estaba sufriendo, también sabía que aquello evidenciaba que la pesadilla estaba a punto de terminar.
Finalmente, culminaba mi agonía y sentí que recuperaba de pronto la salud y la cordura cuando escuché a la azafata decir que el vuelo No. 6501 había llegado a Santo Domingo.
Leila Mejía es abogada y comunicadora
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