Es cierto e incuestionable que el aprecio, la solidaridad y la lástima colectiva hacia el pueblo haitiano ha crecido considerablemente tras las secuelas de muerte y destrucción dejadas por el terremoto del 12 de enero de este año. Pero también es cierto que la comunidad internacional no siente el mismo aprecio hacia los líderes y autoridades del hermano país caribeño.
La primera manifestación hacia los desventurados haitianos es positiva porque refleja una disposición de auxilio a favor de su reconstrucción, de su propia vida y salud. Pero la segunda constituye un obstáculo mayúsculo para que esa solidaridad y asistencia fluyan con rapidez y abundancia antes de que la muerte los arrope y los destruya.
Afincado en esa desconfianza se establece el gran dilema que abate a los pobres haitianos para ser beneficiarios directos de la asistencia económica requerida para su indispensable reconstrucción, para el rescate de sus cenizas por efecto del terremoto y de las otras cenizas generadas por la ineptitud, el “tayotismo” político, la ausencia de fe en Dios y la castración moral.
Y esa desconfianza extrema hacia el liderazgo político y los gobernantes haitianos no es de ahora, antecede al terremoto de enero y se ha colectivizado a todos los niveles del liderazgo universal, sobre todo el de las naciones más poderosas y comprometidas con la suerte haitiana.
Pienso que aunque los actores decisorios no sean los mismos, el poder casi siempre solo cambia de color o de chaqueta, pero las acciones y decisiones de altas políticas, hegemónicas, son iguales, no cambian de conciencia, quizás sólo de forma.
No pongo en duda las buenas intensiones a favor de Haití de esos líderes trascendentes, como es el caso del presidente Barack Obama pero hay que recordarles que la unificación de la isla podría convertirse en una guerra social e inhumana. Además, previo a cualquier iniciativa en ese sentido, se debe consultar de forma abierta y seria a los habitantes de ambas naciones.
A sabiendas, así mismo, que no es lo mismo la unificación alemana de 1990 que la unificación domínico-haitiana. Los alemanes estaban y están barnizados por el mismo color, el mismo idioma, la misma cultura y la misma identidad; solo separados por ideas político-ideológicas diferentes.
En el caso dominico- haitiano, nos separan la cultura, el idioma, gustos y el rencor y odio a muerte que ellos anidan contra nosotros. Es decir que con eso hay que tener cuidado.
Aunque la trama ha resucitado, confío en la conciencia patriótica del líder dominicano, mi amigo Leonel Fernández.
German Pérez es periodista y poeta
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