Nuestras vidas están llenas de momentos complejos, difíciles y tormentosos. Pero también vivimos muchos momentos alegres, satisfactorios y estimulantes. Como seres humanos, no somos perfectos y vivimos tentados por el pecado.
Por eso es que nuestras vidas deben tener siempre una luz de orientación permanente que nos permita entender cada situación y estar contentados sin importar cuál sea la misma, tal y como dice el apóstol Pablo en Filipenses.
Y la mejor y más precisa orientación viene de lo alto, viene de nuestro Dios Todopoderoso que fue capaz de entregar a su único hijo para darnos la vía de la salvación eterna. Buscar esa orientación es hablar permanentemente con él. Orar, orar sin cesar, que es la forma más directa y hermosa de hablar con Dios y recibir su bendición, amor y misericordia. Jesús establece con profunda claridad en la Biblia que la oración es una regla de oro para nuestras vidas.
En Mateo 7 versículos 7 y 8, Jesús expresa lo siguiente: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca halla; y al que llama se le abrirá”. Es decir, que nuestras oraciones son formas de hablar con Dios y de recibir de su parte todo lo que él tiene para nosotros.
Pero no sólo orar pidiendo por nosotros, sino dando gracias permanente a Dios por todo lo que nos ha dado, por todo lo que ha hecho y hará con nosotros. Orar por nuestros hermanos, por nuestros amigos, por nuestros familiares, orar por todo el que necesite un aliento de Dios en su vida. Dice la Biblia en Santiago 5 versículo 16 que “la oración eficaz del justo puede mucho”.
Y es muy cierto, por eso Jesús vivía siempre orando por sus discípulos, por quienes pedían algo de él, por quienes le seguían y por su Padre Celestial, para que su voluntad se hiciese aquí en la tierra.
Nosotros debemos ser como Jesús, tenemos que orar sin cesar por nosotros, por los demás y por agradecimiento eterno a nuestro Dios que nunca nos abandona. Algunas personas dicen que no oran porque no saben, que eso es difícil. Orar no es difícil, es simple y sencillamente detenerse a hablar con Dios, a escucharle, a sentirlo. Orar no es repetir vanamente muchas palabras ni dar un discurso rebuscado lleno de imágenes poéticas y frases bonitas.
No. Orar es simplemente abrir nuestros corazones a Dios, escuchar sus palabras de amor y misericordia y decirle con sencillas palabras salidas de lo más profundo de nuestros corazones que le necesitamos a él y queremos que dirija nuestras vidas y nos ayude a servirle y amar a los demás. El poder de la oración transforma nuestras vidas. Amén.
Euri Cabral es comunicador y economista
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