En estos tiempos la mayor parte de los seres humanos vivimos abrumados y aturdidos por los problemas de toda índole que se nos presentan a diario.
A mucha gente no le alcanza el dinero para cubrir sus necesidades perentorias, a otros lo golpean los problemas matrimoniales y las desavenencias con los hijos, mientras otros se sienten frustrados ante los trabajos que poseen, ante la falta de perspectivas, ante el desempleo que los arropa, ante la falta de sentido de sus vidas y ante el sombrío panorama de su presente y su futuro.
Todos, como seres humanos al fin, tenemos momentos buenos y malos, momentos alegres y momentos tristes. Y mientras estemos como extranjeros y peregrinos en la tierra, en muchos momentos esas situaciones serán pruebas para continuar en el camino.
Para todas esas situaciones nuestro Padre Celestial nos ha dado un regalo maravilloso que nos permite superar esas pruebas y salir victoriosos: Su espíritu de paz.
La paz de Dios es como un oasis en el duro desierto de nuestras almas. Cuando sentimos que las fuerzas nos abandonan, sólo tenemos que buscar esa paz del Señor que es capaz de vencer cualquier obstáculo.
El apóstol Pablo define la paz de Dios de una manera magistral cuando en Filipenses 4 versículo 7 dice: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Y es cierto que la paz de Dios sobrepasa todo entendimiento, pues si queremos interpretar con el conocimiento humano esa paz que nos da el Señor, jamás lo lograríamos.
Esa paz de Dios nos permite contentarnos sin importar la situación por la que estemos atravesando, tal y como también escribió el apóstol Pablo en Filipenses 4:11.
Para un ser humano normal resulta ilógico que si tenemos precariedades económicas o problemas en el trabajo, podamos estar tranquilos. Pero para los que tenemos a Jesús en nuestros corazones como Señor y Salvador, la paz de él es la píldora más eficaz para mitigar nuestros dolores. Y aunque vengan las dificultades y los problemas, ahí está la paz del Señor para prepararnos, para calmarnos, para contentarnos y hacernos salir victoriosos.
Fue esa paz de Dios que le permitió a su hijo Jesús vencer la muerte en la cruz. Fue esa paz que le permitió al persecutor de cristianos Saulo de Tarso convertirse en el apóstol Pablo. Y es esa paz de Dios la que nos permite vencer cada día las dificultades y estar tranquilos y seguros. Estar en paz en medio de la tormenta.
Euri Cabral es comunicador y economista
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