Cuando el magistrado de la Junta Central Electoral Eddy Olivares expresó que con la decisión de ampliar de cuatro a seis años los cargos congresuales y municipales se estaba creando la bases para la guerra de los seis años, muchos nos reímos y pensamos que el magistrado estaba siendo demasiado radical en sus argumentos. Pero la realidad de lo que ha sucedido ha desbordado ampliamente lo que Eddy Olivares había previsto.
Lo que esta pasando en los partidos políticos dominicanos es algo realmente preocupante, denigrante y digno de un estudio a fondo para reevaluar el sentido del ejercicio político.
La lucha interna de los partidos dominicanos se asemeja a una gran Guerra de intereses personales donde nadie respeta a nadie, donde lo fundamental es que me den mi puesto por encima de lo que sea o de lo contrario yo me cambio de partido sin importar ni el tiempo ni el rango que he obtenido, sin pensar en que mis contradictores históricos no reflejaron nunca la esencia de mi accionar, tirando por la borda historias hermosas y patrióticas de lucha y sacrificio en beneficio de las mejores causas de una dignidad partidaria que languidece en los apetitos de manejar nóminas, comisiones, compras y contratas.
Claro, es necesario decir que todo esto en parte ha sido producto de un manejo incorrecto de las direcciones partidarias ya que las mismas han abusado del recurso de la reservación de candidaturas y, en muchos casos, no han respetado las propias normas internas que han establecido en la realización de la convenciones de los partidos.
Fruto de toda esa situación hoy en los partidos políticos dominicanos no predomina el amor ni el orgullo a la militancia, ni el respeto a los rangos obtenidos, ni los hermosos y profundos criterios doctrinarios para luchar en favor de las grandes mayorías nacionales.
Los partidos están perdiendo su esencia y se han convertido en simples escaleras de ascenso social, en vías amplias y fáciles para cambiar de estatus económico o para lograr un ingreso amplio sin necesidad de muchos esfuerzos.
Y esta situación ha provocado eventos que avergüenzan en sus tumbas a líderes de la estatura histórica de Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez. Resulta inconcebible, por ejemplo, que dos partidos formados por Bosch hayan incumplido con la cuota de la mujer al inscribir las candidaturas.
Resulta bochornoso que en un partido herencia de Pena Gómez varios aspirantes a diputado y regidor hayan tenido que entablar recursos de amparo porque la dirección política les había quitado las candidaturas para dárselas a otros que no ganaron los procesos internos.
Resulta sorprendente que un partido presidido por el doctor Leonel Fernández no haya decidido todavía que sus candidatos estén en disposición de acudir a debates para discutir sus ideas, sus líneas programáticas y sus visiones para enfrentar los problemas nacionales.
Hoy día el ejercicio de la actividad política está cayendo a niveles sumamente cuestionables, degradantes y asombrosos.
La lucha interna que se está dando por las candidaturas en los partidos se asemeja más a una carnicería donde cada quien quiere devorar a los demás sin importar que sean sus propios compañeros de partido.
Esta guerra de los seis años ha transformado la imagen ética de la política. Y eso es una pena.
Euri Cabral es comunicador y economista
Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla
Comentarios (2)