El devastador terremoto que afectó la nación haitiana el pasado 12 de enero y que ha dejado una secuela de víctimas humanas y daños materiales incalculables, ha mostrado con crudeza al mundo la realidad de la situación de este heroico pueblo que tiene en su historia haber sido la primera nación latinoamericana en lograr su independencia en 1804 y la segunda en todo el continente americano después de los Estados Unidos que la logró en 1776.
Pero también tiene Haití el galardón negativo de ser el país más pobre del continente, con más del 70% de su población viviendo en niveles de pobreza y marginalidad y donde prácticamente no existen instituciones sólidas que permitan implementar un plan integral de desarrollo.
Este doloroso terremoto ha llevado a que toda la comunidad internacional, que tradicionalmente se mantiene al margen de los problemas haitianos, por lo menos esté preocupada por conseguir ayuda material y humana para las víctimas y para los problemas del momento.
Es lógico que mucha ayuda de todos los confines llegará y que los dominicanos seremos la ruta más idónea y hábil para canalizar esa ayuda. Con mucha razón el primer presidente que llega a la zona de desastre es el presidente dominicano Leonel Fernández, quien por demás ha sido siempre un ente solidario para canalizar solución a los históricos problemas entre nuestras dos naciones hermanas.
Y aunque el presidente dominicano ha dicho que debido a que los daños fueron básicamente en Puerto Príncipe no hay temor de que pueda generarse una inmigración masiva de haitianos hacia nuestro territorio fruto de esta situación, hay que entender que a los efectos de este terremoto se unen las condiciones históricas que han propiciado esa emigración.
Por eso es necesario que hoy seamos más solidarios que nunca con los haitianos que están sufriendo en su nación, con los que podrían venir en este interregno y con los que ya están aquí buscando una esperanza para vivir mejor. Aunque le duela a algunos, esa es la posición más justa, más humana y sobre todo más cristiana.
Los dominicanos debemos ayudar a los hermanos haitianos en todos los órdenes y sin temor. Abrir nuestras almas, nuestros corazones, proporcionar todo tipo de ayuda, elevar nuestras oraciones y hacer todo lo que podamos para que ellos sienten que sus hermanos están a su lado en esta terrible realidad que los circunda.
Y tratar de que esas ayudas que canalicemos hacia Haití puedan llegar de manera efectiva a los verdaderos necesitados y a las instituciones haitianas que realizan una labor directa con los pobres y marginados.
Al mismo tiempo nosotros, los dominicanos, en medio de este profundo dolor que nos embarga por esa dura realidad del pueblo haitiano, debemos también agradecer profundamente al Dios Todopoderoso que protegió a nuestra nación de un terremoto categoría 7, el cual si hubiese tocado de manera directa alguna ciudad de nuestra patria la habría convertido en algo similar a la capital haitiana.
Euri Cabral es comunicador y economista
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