Cuando el apóstol Pablo escribió en Filipenses 4, versículo 13, aquella hermosa y certera expresión de que “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”, estaba consciente de que sin importar la dura adversidad que estuviéramos atravesando los hijos de Dios, en Jesús es donde encontramos la verdadera fortaleza para vencer.
Y Pablo no hablaba estando en una situación muy buena que digamos, pues en ese mismo instante estaba en la cárcel, apresado precisamente por estar llevando la palabra de Jesús por todos los confines de la tierra en ese momento histórico que le tocó protagonizar luego de la muerte y crucifixión del Maestro.
Pablo le pedía en esa carta a los seguidores de Jesús que estaban en la Iglesia de Filipos, que supieran crecerse en las adversidades partiendo del hecho esencial de que nada es posible conseguir ni mucho menos soportar si no tenemos a Jesús en nuestros corazones, si no somos capaces de buscar en él la fortaleza que nos hace falta para enfrentar las duras adversidades y los difíciles momentos que nos suceden de manera cotidiana.
Dios es justo, amoroso, nos da bendiciones y gracia sin nosotros merecerlas, nos perdona siempre sin importar la magnitud del pecado que hayamos cometido, pero eso no significa que estamos exentos de caer en situaciones complicadas y dolorosas.
Todos nosotros, seres humanos imperfectos y tentados de manera permanente por el pecado, debemos estar implorando de manera diaria, cotidiana, permanente, al espíritu de Dios para que nos mantenga en su camino, en su gloria, en su bendición.
Cuando una situación de adversidad o desasosiego nos afecta, es un momento preciso para acudir a Jesús. Para llenarnos de su amor y de bendición, para confiar plenamente en él y entregarle nuestras penas y nuestras duras cargas.
El mejor sanador de cualquier problema de salud que nos aqueje no es un médico, por excelente profesional que pueda ser.
Los médicos son sencillamente instrumentos de la voluntad de Dios para actuar. Hay que recurrir a ellos pero sabiendo que el principal solucionador de todo es Jesús.
El mayor y mejor médico para cualquier enfermedad, sea una simple gripe o un tumor cancerígeno, es Jesús.
Es su amor y bondad infinitos, que nos entrega de manera abundante y gratuita, las que sirven de bálsamo divino de solución a todos nuestros problemas y a todas nuestras enfermedades.
No miremos la magnitud de nuestras adversidades ni busquemos otra fuerza que no sea la de Jesús para enfrentar cualquier situación.
Como muy bien dijo Pablo en Efesios 6:13 “por tanto, tomad la armadura de Dios para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.” Jesús es nuestro mayor sanador.
Jesús es el mejor camino a tomar para encontrar paz, calma y sosiego en cualquier tormenta que nos afecte sin importar su dimensión ni su magnitud.
Cuando sientas que una situación difícil te está acogotando, piensa en Jesús y busca la bendición y la paz que sólo él puede dar. Y toma para ti ese canto de amor y de guerra de Pablo en Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.
Euri Cabral es comunicador y economista
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