Tres importantes problemas urbanos trastornan la relación armoniosa entre el hombre y la ciudad, en la zona metropolitana del Gran Santo Domingo.
La inseguridad, el deterioro del espacio público y el caos en el transporte urbano; estos se entrelazan entre sí, definiendo un estado de anarquía evidente por cada ciudadano que camina por la ciudad.
El terror se apodera de nuestras mentes, reforzado por constantes noticias que vertidas sobre nuestros ojos, relacionan estos tres aspectos de manera directa e indirecta.
Entonces nos preguntamos antes de salir de nuestros hogares, puntos de trabajo o centros de diversión, ¿será oportuno caminar por las calles de mi ciudad, a expensas de que pueda ser objeto de un asalto, o testigo presencial de un ineficiente servicio de transporte público que me imposibilite trasladarme de un lugar a otro de la urbe; viviendo en muchos casos la trágica experiencia de pasar por espacios de uso público imbuidos en la contaminación, la arrabalización y el deterioro, como carta de presentación de esta metrópolis?
Con este panorama sombrío, no podemos gozar ni admirar nuestra ciudad; Primada de América, poseedora de radiantes amaneceres y bellos atardeceres.
Enmarcada en un ambiente natural de grandes potencialidades, arrabalizado y degradado por las políticas destructivas en contra del medio ambiente urbano.
Que paradojas tiene la vida; por un lado la condición actual por la cual atraviesa la principal zona metropolitana de la nación no motiva a que el ciudadano explore su ciudad, produciendo en la sociedad en general un desconocimiento fidedigno de los espacios que componen el Gran Santo Domingo, sin embargo existe una única oportunidad de conocer, apreciar, distinguir y a veces hasta darnos cuenta por primera vez de los elementos que componen el territorio en que vivimos, y es a través de un tapón.
Es ahí, en medio de esa congestión vehicular que acompaña las principales calles y avenidas, donde podemos detenernos de manera involuntaria, dejar de conducir y observar elementos, espacios, situaciones y dinámicas propias de la ciudad en que vivimos, pero muchas veces desconocidos y extraños debido a la desconexión entre el hombre y la ciudad.
Me parece excelente que exista un momento en el que pueda apreciar mi ciudad, aunque prefiero valorar y distinguir este territorio de otra forma, a través de una nueva configuración en la que los espacios y las políticas urbanas acerquen más al ser humano en lugar de ahuyentarlo y reprimirlo de cultivar una relación más estrecha con su ciudad.
Erick Dorrejo es arquitecto
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