La tristeza me acompaña al salir por las calles de mi ciudad y presenciar un escenario aterrador caracterizado por el desorden, la contaminación, la inseguridad y el caos.
Una ciudad cuyo deterioro incrementa con celeridad alejándose de los principios elementales que sustentan el avance sostenido de las comunidades.
A pesar de este panorama cotidiano en que nos encontramos, yo sueño con mi ciudad; en sobradas ocasiones abstrayendo mis pensamientos de la realidad que nos oprime o del futuro que nos espera de continuar por este camino. Pero a pesar de todo sigo soñando.
Sueño con una ciudad más humana que coloque al individuo como centro de las principales intervenciones, situando el peatón como protagonista de los proyectos urbanos.
Esto fomentaría los recorridos a pie por la ciudad, dando lugar a una nueva cultura en la que los dominicanos puedan disfrutar de cada rincón urbano con entera confianza.
Sueño con una ciudad que pueda multiplicar la cantidad de espacios públicos para el disfrute de todos los munícipes sin importar su estrato social, copando los mismos de una tupida arborización, diversificando la oferta y mejorando la calidad de sus infraestructuras.
Sueño con una ciudad limpia, libre de contaminación; no solo descontaminada de la basura que durante décadas ha ocupado las primeras páginas de la prensa nacional, sino con la esperanza de que su principales fuentes acuíferas puedan encubar vida y además con la ilusión de que nuestro aire sea menos bombardeado por las emisiones contaminantes que emanan del enorme parque vehicular e industrial.
Sueño con una ciudad integrada a un sistema de transporte público efectivo, capaz de ofertar distintas opciones para movilizarse con efectividad; repercutiendo directamente en una reducción de la factura petrolera del país, en una disminución considerable de los entaponamientos y en una mejora sustancial de la economía familiar.
Sueño con una ciudad donde todos podamos encontrarnos en los parques o en las esquinas en un ambiente de seguridad, donde los niños puedan jugar sin el temor a ser atropellados por un carro; aspiro a que mi ciudad tenga uno de los niveles de criminalidad urbana más bajos de todo el continente, donde sus calles estén copadas de turistas y donde la gente se sienta orgullosa de ser dominicano.
Quizás sea una utopía pero estoy seguro que el modelo de ciudad descrito con anterioridad garantiza el futuro de la habitabilidad tanto de las presentes como de las futuras generaciones.
Erick Dorrejo es arquitecto
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