Estamos a las puertas de cumplir cincuenta años sumidos en la anarquía y el caos de una ciudad congestionada tanto física como ambientalmente.
Al día de hoy los encargados de gestionar el tránsito en la ciudad no han podido concretar una estrategia que ponga fin al desorden que observamos a diario en las calles de las principales ciudades dominicanas.
La población en general no aguanta más la realidad en la que nos encontramos, viendo como cada día el movilizarse por la ciudad se convierte en un calvario al cual debemos someternos todos los dominicanos, sin importar la condición social o el lugar de residencia.
Sin embargo, podemos vivir en ciudades más humanas, hoy podemos construir una nueva cultura que modifique la forma en que los dominicanos nos transportamos, que proporcione una nueva visión en la manera en que nos desplazamos de un punto a otro; una nueva cultura que sea capaz de incorporar la educación vial dentro de un adecuado plan de intervención urbana.
La educación vial podría desarrollarse mostrando a los transeúntes a través de anuncios, promociones masivas y programas especiales los beneficios de conducir y caminar en una ciudad en la que prime el respeto; obedeciendo las leyes y acatando las recomendaciones de los encargados de regular el tránsito en la ciudad.
En cuanto a la intervención urbana es imprescindible la correcta colocación de señales de tránsito, de manera que las mismas reiteren con claridad las reglas a seguir; la planificación del tránsito debe ir de la mano con la proyección de la ciudad, diseñando un efectivo sistema de transporte público que proporcione una opción a los viandantes para descongestionar las vías.
Estas iniciativas podrían ir de la mano con un proyecto de ley que determine los derechos y deberes del peatón, dando seguridad a los cientos de miles de dominicanos que se desplazan por nuestras calles sin protección y con el temor de ser atropellados por un vehículo fuera de control.
Estas medidas proporcionarían enormes beneficios para la ciudad, tales como la disminución de los gases contaminantes, una baja significativa en la tasa de accidentes viales, menos entaponamientos, una ciudad más organizada, entre otros beneficios.
De esta manera los conductores y peatones tendrán la oportunidad de vivir la diferencia de transitar en una nueva ciudad la cual podrán amar más, respetar más y cuidar más.
No nos conformemos con la realidad en que vivimos, apostemos por una mejor ciudad.
Erick Dorrejo es arquitecto
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