Santo Domingo, me refiero al grande, aquél que contiene alrededor de tres millones de habitantes, integrado por nueve demarcaciones municipales entrelazadas por estructuras viarias bien definidas, emplazadas en un territorio de 1,400 km2, se encuentra hoy en día rumbo a la destrucción de su territorio medioambiental urbano junto a las fuentes naturales que lo componen.
Sin lugar a dudas, la apropiación indiscriminada del territorio es un elemento importante a destacar dentro de las causas del descontrol ambiental al que está sometido el globo terráqueo.
Los fenómenos atmosféricos inesperados, el constante cambio climático unido a los cambios que experimenta la tierra en los últimos tiempos son algunas de las consecuencias que hoy en día viven los habitantes de un planeta en peligro.
La República Dominicana no escapa a esta secuela de eventos; recordemos que en años pasados nos dejó un mal sabor, mientras la población estuvo azotada por importantes fenómenos climáticos.
La esperanza de vivir en un territorio adecuado a las necesidades de sus ciudadanos radica en el esfuerzo de construir la ciudad que queremos sin destruir el ambiente en que nos movemos.
Los territorios intervenidos por la mano del hombre están sometidos a un sinnúmero de agresiones que afectan directa e indirectamente el medio ambiente en el cual han sido emplazados, por tal motivo estos requieren de las infraestructuras necesarias para que las agresiones a que son expuestos sean reducidos a su mínima expresión brindando garantías de que tanto la población actual como la futura puedan disfrutar del emplazamiento en que residen sin grandes temores.
Al mismo tiempo, estos territorios demandan de espacios que suplan la necesidad de respirar tanto de la población como de la ciudad. Aceleradamente las infraestructuras viales y las edificaciones saturan el lugar en que vivimos, dejando cada vez menos espacios públicos de esparcimiento y diversión; estos lugares no sirven únicamente para embellecer la urbe sino que los mismos cumplen con la función de ofertar a la población reposo, descanso y desahogo ante una ciudad cargada de violencia, agobio y opresión; debido al poco aliento de vida que es absorbido por las preocupaciones que envuelven nuestro existir.
De igual manera, estos espacios purifican la ciudad, ante la gran cantidad de contaminantes que son descargados a diario en aire, tierra y agua.
No hay dudas de que necesitamos un corredor verde que unifique el Gran Santo Domingo a través de sus espacios naturales.
Erick Dorrejo es arquitecto
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