El mega problema de la seguridad ciudadana tiene infinitos ribetes, aunque “cienciólogos” del patio, proponen soluciones simplistas, instantáneas y eficaces, tipo Alka Seltzer. El asunto, ha rebasado la capacidad de las permeadas “fuerzas del orden”, compete a todos los ciudadanos, afecta a “titirimundachi” e implica mucho más que acciones individuales de prevención y autodefensa.
Se ha dicho que solo un ejército de voluntades, de la sociedad dominicana consciente, es capaz de revertir la situación de riesgo como norma de vida del dominicano de hoy. Esto urge, antes que se materialice una lógica idea, en un país de armas silvestres “a do mano”: la creación de grupos paramilitares con riegos de convertirse en dragones con vocación de comerse hasta las manos que manejan sus hilos y se aplique lo del refrán: “resulta pior el remedio que la enfermedá”.
Los capítulos de violencia se multiplican como “verdolaga”, la que se da “ata en la rendija de lo seto”, al igual que la creatividad del “tiguere”, en contraposición con la actitud ciudadana crédula y cándida, porque aun constituimos un pueblo con buena fe y poca malicia. Siempre “biene Pedro y jalla”. No hay duda de que la violencia trae reacciones enérgicas y son frecuentes las de ciudadanos negados a la pasividad y resistidos a la vulnerabilidad, que dan respuestas personales, con los enormes riesgos que ello implica, al acto violento.
Resulta interesante definir cómo percibe y cómo reacciona un simple ciudadano, frente a un policía: si como elemento de combate al delito y la seguridad o como el delito mismo. El proceso de destrucción de la confianza ciudadana es de larga data y hace crisis ante la indefensión, la vulnerabilidad y el temor.
El dominicano es otro; receloso, “chivo”, desconfiado, “moca”, incrédulo “culebro”, que ha cambiado hábitos y costumbres, abandonando tradiciones porque le “cambián” el “hábitat” con alimañas sociales que no temen ni miden, cada vez más audaces. No basta andar con “un perro prieto” para mitigar el miedo. Una sociedad tradicionalmente permisiva, cosecha resultados al “dejar hacer” y sacudida en sus entrañas, actúa a la defensiva.
Tiene que andar y teme la calle; necesita un carro público y lo toma con miedo; usa el propio y el terror conduce; un dominicano que vive entre rejas: alarmas, pestillos, aldabas y miedos que comparten el mismo hogar.
Se cree que una pistola de por sí es suficiente, cuando el delito está mejor armado y le sobra voluntad para utilizarlas sin provocación ni consecuencias. La esperanza es que ciudades como Nueva York, de violencia infinita, se han transformado en conglomerados con estadísticas criminales por debajo de los promedios de grandes centros urbanos. Se precisan líderes reales, capaces de catalizar procesos, ciudadanos con “contenido genético” en la entrepierna y autoridades dispuestas a jugar su rol histórico, para evitar que “el tigueraje”, ya señores de algunos estamentos, se apropie de todo el país. La decisión es nuestra.
César Nicolás Penson Paulus es empresario
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