Los dominicanos vivimos atrapados entre contradicciones, dualidades, ambivalencias y factores antagónicos, equilibrados por inexplicables fuerzas.
Mientras el modernismo del siglo 21 se hace presente en lo tecnológico, algunos viven en el siglo XVI. Lo digital, con sus infinitas posibilidades y manifestaciones, frente a la lata de agua en la cabeza de la mujer, con el “babonuco” de auxiliar, a más de la precariedad de agua corriente y confiable; el audio y el video HD al tiempo que el drama de la electricidad; modernos equipos y sistemas clínicos, mientras índices de mortalidad en algunas áreas reflejan vergonzosas estadísticas; comunicación global en nuestros bolsillos: fotos y video a cualquier parte del mundo en un instante, al tiempo que el embarazo entre adolescentes alcanza ribetes dramáticos; Ipad, el libro digital, GPS indicando nuestra posición con asombrosa precisión, el BB y el IPod, al tiempo que nos arropa la inmundicia con sistemas anacrónicos de manejo de desperdicios y una población que contribuye dramáticamente a la insalubridad.
Enfermedades antiguas en tiempos de medicina moderna. Vehículos de último modelo coexistiendo en un sistema de transporte de pasajeros y carga, que incluye carretas urbanas con abusadas bestias de tiro. Agua purificada frente a alimentos “satanizados” en los asquerosos basureros que nos atrevemos a llamar mercados.
A corta distancia de la mayor expresión del modernismo local, estaciones y talleres del Metro de Santo Domingo contrastan con la traumática experiencia de un recorrido en la periferia del llamado Mercado Nuevo. Dantesco ejemplo de la inmundicia física y moral de numerosa población que trabaja y habita en ese ambiente.
Caballos, realmente caballitos de mirada triste y orejas “gachas” , con muestras de la brutalidad con que sus dueños los manejan, deambulan entre desperdicios procurando alimento, mientras con temblores cutáneos dispersan moscas y otros insectos que se “aposan” en las “mataduras del abuso y los “rápanos” del descuido. Moderna música estridente del bar cercano sirve de ambiente para el grupo que impávido apura unas “frías”, insensibles a la pestilencia a la que se han acostumbrado, respirando un aire cargado de amplio menú bacteriano.
Tras la lluvia, desperdicios “frescos” y suciedad vieja se combinan en una nauseabunda masa, caldo de cultivo para lo inimaginable y entre moscas, vegetales, tubérculos, frutas, plátanos: la gama completa de la dieta criolla. La gente hace su vida; niños en bicicletas que lanzan al aire ese “compost” nauseabundo; “la doña y lo niño”, descalzos barren hacia la calle las masas que el agua arrastró hasta sus puertas, al tiempo que vendedores y “marchantes”, “negocian” entre asquerosidades y basuras, se “limpia” la mercancía. Las aguas empujan hacia zonas más bajas o hacia el putrefacto río Isabela ese “puré”, propio para potenciar el último regalo del pueblo haitiano al dominicano: el cólera. El término Salud Pública, carece de sentido.
César Nicolás Penson es empresario
Comentarios (0)