Cada uno lleva su imagen propia, personal, íntima, de este personaje que pincela la infancia de cada dominicano; un ícono distintivo de la personalidad infantil colectiva. Los tradicionalistas la definen; los intelectuales la describen con metáforas poéticas o simples recursos de adultos, que se alejan de la dimensión infantil.
Los folkloristas la encasillan dentro de fórmulas socioeconómicas con medidas del tiempo histórico. Los pintores tratan de plasmar en el lienzo los surcos de la edad, las carencias, el saco que se le supone eterno compañero, repleto de juguetes de poco precio o confeccionados con recursos del ambiente, en rincones de toda nuestra geografía.
Coinciden todos en figurarla con un pañuelo de “madrás”, en “er’caco” acomodando “lo moñito”. Infinidad de imágenes particulares que delinean un personaje común a los hijos de la tierra de Machepa, con rasgos de fidelidad imposible, que solo niños, con su fecunda inocencia pueden detallar, coincidiendo en su percepción. A la Vieja Belén, la ley 139-97 ha permitido celebrar, el día tradicional del domingo siguiente a la Epifanía de los Reyes Magos, antes que el día oficial de la celebración de Melchor, Gaspar y Baltasar.
Ello gracias a la magia del desplazamiento de las fichas de las fechas festivas, sobre el tablero del calendario criollo. Imposible, creíamos antes del ’97, que fenómenos de trasmutación tradicional pudieran ocasionar choques de la ley contra la costumbre, pero agotada la capacidad de sorpresa en la Patria de Duarte, parece que el mundo inventado de las esperanzas infantiles, enfrenta el mal aliento de la realidad perturbadora.
La Vieja Belén rememora la Befana, “bruja buena”, personaje de la Italia pre cristiana, que aun “pone” en algunas regiones, la noche del 5 de enero: juguetes o dulces a los que se portaron bien y carbón a los que no. Nuestra protagonista es un personaje de la pobreza, que llega como “premio de consolación” para aquellos que nada recibieron de “Santa Cló, del niño Jesú ni de lo tre reye” o recurso de padrino retrasado. Su difusa presencia se manifiesta, según el folclor criollo, el domingo siguiente a “lo santo reye”.
Habitual de barrios pobres y zona rural de nuestra geografía, sin representación como personaje en los desfiles tradicionales; invisible, a quien no se le envían cartas con lista de juguetes porque su voluntad prima o porque sigue siendo analfabeta; no se escabulle por chimeneas, ni “anda” en trineo “jalao por uno pájaro etraño”, ni se hace “chiquitica pa pasá por abajo’e la puerta”; a quien no se le pone un “trago”, ni cigarrillos ni yerba, aunque se le concibe montada en un burro; sin figura física recordatoria pero con imagen propia dentro de infantes y adultos, manifestación del niño que aún vive en recuerdos de mayores, compañera de duendes y hadas del mundo de los sueños, que todo lo hacen posible.
César Nicolás Penson Paulus es empresario
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