Sinónimo de domingo, donde confluyen la Luperón y la avenida Independencia se celebra el mercado de pulgas.
El término, ha derivado en “La Pulga”, sinónimo de venta informal y en efectivo de cualquier cosa, sin la perturbadora presencia de impuestos ni reglas escritas, más que la voluntad comercial pura y simple, entre el que tiene y el que quiere.
En otros sitios se denomina mercadillo, feria de las pulgas, bazar, zoco, tianguis, nombre este que viene del Méjico prehispano. Derivado de “Flea Market” existe controversia en cuanto a su origen: unos dicen que ofertantes y compradores son tan activos como “pulgas”; otros que el origen es el “Marché aux puces” (mercado con pulgas, en francés) de Sain Ouen, en París, popular bazar al aire libre, de más de tres siglos.
El colorido despliegue del nuestro, da connotaciones particulares a un caótico orden al que concurren cientos de mercaderes, profesionales y eventuales, en cita con compradores, cuando el tiempo tropical lo permite.
Ruidoso despliegue para vender cuanto la imaginación permite: libros sin orden ni clasificación, teléfonos de infinitas formas y colores con muestras de conversaciones acumuladas, testigos mudos de confidencias y secretos, DVD para todos los gustos, VHS, equipos, discos, cintas; recuerdos de la era de Trujillo; chucherías, herramientas, electrónica, pacas con ropas usadas, venidas de un lejano “extranjero”; zapatos usados, en todo estilo y color; ropa colgada de cualquier punto que permita exhibirla, matas que muestran jeans como frutos, tejidos adheridos a la malla ciclónica, como mosaico policromático; corral de niños repleto de ropa suelta que los clientes sacan, miran al trasluz y “jondean”, con rechazante desgano; de todo en el piso, reparación de equipos electrónicos.
Un relojero, que lupa en ojo, se afana por componer una “cebolla”; todos, prestos a dar información, saben qué y dónde se vende. Cocos, huevos duros, queso de hoja, mabí, helados, empanadas, agua, oferta de cuanto pueda satisfacer el hambre y líquidos fríos para contrarrestar el duro calor del agosto criollo. La sombra del “elevado” para mitigar el agobio del sofocante calor y humedad, mientras decenas de miles de pesos, fluyen ágilmente entre bolsillos y carteras.
Vendedores que estudian la sicología y ademanes, del que se interesa por su “mercancía”; desorden armonizado, ausencia de autoridad que intente organizar aquella expresión popular y espontánea que invade espacios públicos, anunciando un descomunal basurero como testigo mudo de una manifestación comercial criolla. Se complica un nudo de tránsito, clásico en la intersección, haciendo penoso el desplazamiento de vehículos, mientras un policía y una “Amet” con cara de “no me jod…” hacen una caricatura de control, en absoluta descoordinación con lo que se desplaza a su alrededor.
César Nicolás Penson Pauluses empresario
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