Ayer vivimos la fiesta electoral de la democracia dominicana, sistema que tanta sangre valiosa nos ha costado, el mismo que es capaz de reírse de su propia desgracia y ponerle música y ritmo a sus sinsabores.
Hoy parece cotidiano el resultado de infinitos sacrificios, sangre y lágrimas, producto de tantas rebeldías, sofocadas unas y exitosas otras, que matizan la historia de los últimos decenios.
Saboreamos un disfrute de libertades, que permiten expresar opiniones y voluntades, matizado en gran manera con juventud.
Los comicios electorales vividos ayer, caracterizados de notorias peculiaridades, son expresión manifiesta de la posibilidad de escogencia por seis años, del que a juicio del votante, armoniza con sus deseos.
La coacción, la presión, la amenaza y el voto forzado, estuvieron ausentes de este importante escrutinio político. Los de experiencia en las votaciones en la dictadura de Trujillo que hemos vivido de cerca el proceso de maduración cívica de este pueblo, podemos aquilatar las diferencias electorales a 49 años de la satrapía, con sus notorios espacios de democracia secuestrada.
Un torneo matizado por un claro control de la Junta Central Electoral sobre los partidos políticos, dueños de la cultura de la imposición de sus yerros internos y distanciamientos de formas y legalidades. Fortalecen el que solo a través de esos mismos partidos, es que se llega a las posiciones electivas.
Desaparecido el trauma previo al torneo donde los inversionistas detenían sus proyectos previendo las incertidumbres del futuro sombrío. Práctica del pasado electoral, el aprovisionarse de alimentos y elementos de emergencia, como si se acercara un devastador huracán. Los vaticinios apocalípticos no se estilan y la tranquilidad es tal a lo interno de la JCE, que dedicaron un fino concierto dominicano a los observadores extranjeros, como claro indicativo de absoluta paz.
Ya no existirá el absurdo secuestro de la comunicación radial y televisiva que nos obligaba a la Voz de la JCE, con boletines dosificados de conteos infinitos durante días, mientras se componían intereses políticos. Ya no será necesario la “Comisión de Seguimiento”, ni llamar al Embajador (Americano, evidentemente) para que “metiera su mano” en el asunto. La tecnología apropiadamente usada, debe prever las “diabluras” en la que tantos dominicanos se hicieron especialistas y que llevó a combatir al fraude ajeno, con uno mayor propio.
Todo esto, colofón del gran cambio que introdujo la Junta Histórica, con César Estrella Sahdalá a la cabeza. Es tiempo de felicitar a todos los dominicanos, inclusive a los que postularon a Ninguno, quien al fin perdió, porque así se fortalece la democracia criolla, con sus pasiones, carnavales, colores y accionar folklórico.
César Nicolás Penson Paulus es empresario
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