El caótico transcurrir del tránsito, en la que alguna vez fue la ciudad romántica, Santo Domingo, es toda una aventura.
Puede tener la recompensa de que “hoy sobreviví” o la triste experiencia de ser impactado por un desaprensivo o golpeado por un “motor”, multado por una agente de apretadas redondeces de uniforme verde, cargada de arrogancia y prepotencia que con fingida amabilidad dice: “permítame su licencia”, pero nunca saldrá ileso, porque aunque sea el ánimo se descompone.
Bullanga de bocinas, sabor a caos: la “patana” que como dragón antediluviano ruge lanzando humo en desenfrenado empuje, estridente corneta y alocada ruta; el lento “triciculero” haitiano, que con su carga de frutas e ignorancia de reglas urbanas interrumpe, obstaculiza, perturba y maldice en una jerga inteligible del “creole” con dominicanismos; el criollo de la carreta fuera de época que martiriza un pobre caballo en decrépita carrera cuando hay espacios y en lento desplazamiento cuando el tumulto sobre ruedas le obliga; el taxista que invade carriles, se atraviesa y maneja su máquina de muerte como carro invertebrado que por donde quiera cabe, impulsado por los dos minutos a que le comprometió el controlador de radio.
El del carro público, que entre malabares e imprudentes paradas y arranques monta al desamparado pasajero en su lucha por llegar; el “pícher” y el chofer, que entre dos conducen la “voladora” que como ballena de hierro de agresivo andar, traga y escupe víctimas de un desorden que transporta; el suicida de la moto y el imberbe sobre la “Passola racing”, con movimientos de culebra sobre ruedas, entre los pocos espacios libres que los acerorrodantes dejan entre ellas; la que aterrada hace “pininos” iniciándose en la pública fraternidad de los “secretos” para conducir en nuestra selva urbana; el “franqueador”, que todo perturba para que el “funcionario “ o su “Yuladis” lleguen pronto; los improperios, insultos, olor a combustión de gas propano y las malas palabras que sazonan el desplazamiento en una ciudad donde las reglas tienen matices y los “hijos de Machepa” y los “padres de familia” son inmunes a penalidades: el Daihatsu rojo, que llega del interior “atriborrado” de productos agrícolas, con agresivo afán hasta llegar a su destino; el hermano mayor, camión de truculento trote y estela de humo negro con atropellante andar, que con escaso criterio lleva anteojeras virtuales y visión de “calimete”, para ver solo la estrecha ruta; los que con celular en las orejas y cerebro distraído, aportan imprudencias y provocan frenazos, insultos y “guayones” que los seguros no cubren y que quedan como heridas de guerra del tránsito y cicatrices de conductas agresivas.
César Nicolás Penson Paulus es empresario
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