Cuando estudiaba en Inglaterra y los Estados Unidos me enseñaron que la principal contribución de los bancos al desarrollo económico, consiste en captar excedentes financieros de personas que no desean tomar riesgos o no tienen vocación empresarial y canalizar estos ahorros hacia personas o empresas que están dispuestas a utilizarlos para crear nuevas riquezas a través de inversiones productivas.
Sin embargo, para que el sistema funcione cabalmente, la clave es que los que toman prestado inviertan los recursos en proyectos que eventualmente les permitirán pagar el préstamo y obtener una ganancia inmediata o futura. Lo mismo se aplica a una empresa y también a un país.
Lamentablemente no siempre resulta así. Por eso vemos personas atrapadas en problemas financieros insalvables; a empresas que quiebran porque no pueden pagar sus deudas y a gobiernos que se declaran insolventes y tienen que recurrir al Fondo Monetario para que rescaten sus economías.
En estas circunstancias, tanto los que prestan a deudores por encima de su capacidad de pago, como los que toman esos préstamos sin medir las consecuencias, son ambos igualmente responsables.
Esa actitud fue la que causó la reciente crisis financiera internacional de la cual todavía la humanidad no ha podido salir plenamente y es también la causa de que algunas naciones se vean intervenidas por instituciones como el FMI creadas precisamente para garantizar el pago de la deuda externa de los países miembros, para así evitar dislocaciones en las finanzas internacionales.
Bancos franceses, ingleses, alemanes y otros que contaban con grandes excedentes, otorgaron en el pasado reciente un excesivo financiamiento a países europeos menos desarrollados, como Irlanda, Grecia, Portugal y España, para que esas naciones pudieran sostener un nivel de consumo que no estaba en sintonía con su capacidad productiva.
Como consecuencia, esas naciones enfrentan actualmente graves problemas y sus gobiernos se han visto en la necesidad de aplicar grandes correctivos, con un alto costo para la población.
En nuestro país, ahora se acusa al FMI de exigir severos ajustes fiscales, porque este organismo considera que el país ha sobrepasado su capacidad de endeudamiento público.
Sin embargo, hasta hace poco muchos funcionarios se vanagloriaban de que nuestro país era uno de los que exhibía las más altas tasas de crecimiento del mundo, a sabiendas de que en medio de una crisis económica internacional, como la actual, era mucho más prudente aspirar a un menor crecimiento, sin tener que recurrir a un excesivo endeudamiento.
Por eso es que siempre he sostenido que lo que más le conviene a una nación, es mantener una tasa de crecimiento que esté en armonía con los esfuerzos productivos que realiza su población, e incluso tratar de crear algunas reservas para cuando las condiciones internacionales le sean adversas.
Lamentablemente, algunos gobernantes no piensan así.
Carlos Despradel es economista
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