No recuerdo en mi vida adulta haber percibido un pesimismo tan generalizado sobre el futuro de nuestra nación. Y no es para menos.
Se deterioran nuestras instituciones ante los ojos de una población adormecida; se irrespeta la ley, comenzando por el propio Gobierno; la justicia es muy cuestionada y no confiable; se han perdido los valores morales y éticos; la delincuencia se ha apoderado de las calles y las autoridades se perciben como impotentes para enfrentarla; se agudizan las disparidades de ingresos hasta niveles preocupantes; estamos perdiendo nuestra propia entidad ante una masiva emigración de haitianos; el consumismo se ha entronizado en nuestra conducta y se ha convertido en la consigna del momento, ante una sociedad cada vez más superficial; sacamos los más bajos índices de educación en todas las calificaciones internacionales.
En fin, si no hacemos un cambio profundo del rumbo que llevamos, es posible que todos estos males que padecemos se acentúen aún más en un futuro cercano hasta ser intolerables. ¿Qué hacer? Precisamente nos abruma el sólo pensar sobre la inmensa tarea que tenemos que realizar con carácter de urgencia y parece que no sabemos por dónde empezar.
De lo que sí todos estamos conscientes es que la médula central de donde se derivan la mayor parte de estos graves problemas, es que nuestro pueblo es cada día relativamente menos educado, en comparación con la mayoría de las otras naciones que han entendido que en la vida moderna, la clave para poder lograr un mayor bienestar y mejor calidad de vida es la educación de su población.
Los próximos gobiernos tendrán en sus manos la responsabilidad de hacer este cambio de rumbo. Pero la interrogante es cómo hacerlo, si para ello se requiere dedicar una parte considerable del presupuesto a la educación.
Como economista estoy consciente de las dificultades que tendrán los próximos gobiernos. Por ello he llegado a pensar que nuestro próximo presidente debe tomar como consigna de su administración el lema: Todos por la educación y lo debe hacer con pasión. Si logra convencer a todos, le será posible dedicar la mayor parte de las inversiones públicas a mejorar sustancialmente la infraestructura para un amplio programa de educación nacional.
Así, si alguna comunidad demanda otros tipos de obras, la respuesta debería ser que es preferible tener escuelas decentes donde educar a sus hijos y ser pacientes, porque esta es la única forma de poder tener una vida más digna. Pero tendrá que convencer con acciones al pueblo de que no son palabras huecas, sino una profunda voluntad de cambiar el rumbo de esta nación.
Carlos Despradel es economista
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