Hace ya diez años que 189 jefes de Estado del planeta se comprometieron a tomar acciones que permitieran que en un plazo de quince años sus respectivos países pudieran cumplir con ocho objetivos fundamentales para poner remedio a los grandes problemas de la humanidad.
Todos estos ocho objetivos son vitales, pero el de mayor importancia es sin dudas el primero, el cual tiene como meta principal erradicar la pobreza extrema, reduciendo a la mitad entre el 2000 y el 2015, la proporción de personas que sufren hambre.
El presidente Fernández confesó en su reciente discurso pronunciado en la sede de las Naciones Unidas, que la República Dominicana no podrá cumplir con estos ocho objetivos para la fecha prevista e indicó una serie de factores, que a su parecer, lo está impidiendo.
Sin entrar en polémicas sobre la validez de estos argumentos, nos permitimos decir que quizás la más poderosa de todas las razones y a la que hasta ahora nadie se ha referido, es la gran competencia que están teniendo los dominicanos para poder conseguir un trabajo justo, por parte de una interminable masa de ciudadanos haitianos ilegales que lamentablemente están dispuestos a realizar las mismas labores por una remuneración mucho más baja.
Esta feroz competencia es actualmente y lo será aún más en el futuro, el factor más importante que impedirá a una amplia masa de dominicanos desempeñar una labor aunque sea medianamente remunerada. Tomemos algunos ejemplos que saltan a simple vista.
Inicialmente la mano de obra haitiana desplazó a la dominicana en las labores agrícolas. Posteriormente se adueñó del sector de la construcción.
Más adelante pasó a ocupar las labores de jardinería de prácticamente todos los hoteles del país y de las casas particulares. Asimismo, dominan en las calles de nuestras ciudades la venta de tarjetas telefónicas, frutas y cualquier otro producto.
Pero también ya los vemos atendiendo parqueos privados, haciendo de serenos, cuidando propiedades.
De igual manera, se han apoderado de la venta de ropa usada a través de negocios informales y no pasará mucho tiempo para que incursionen en el motoconcho, en la conducción de vehículos, así como en una amplia gama de labores que hasta hace poco las realizaban ciudadanos dominicanos.
Este desplazamiento de la mano de obra dominicana por la haitiana se debe fundamentalmente a que los nacionales de ese país están dispuestos a trabajar por salarios mucho más bajos que los dominicanos, pues no tienen otra alternativa posible.
Por lo tanto, si esta situación se agrava, como parece que ocurrirá, pronto veremos a la mano de obra dominicana obligada a trabajar por un salario irrisorio. En esos momentos, estaremos compitiendo por la pobreza y se harán mucho menos alcanzables los objetivos del milenio.
Carlos Despradel es economista
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