Quien abraza un ministerio en el evangelio entra en una carrera sagrada que requiere de cuidado e integridad para cumplir a cabalidad los objetivos del llamado al que ha atendido.
Sea un pastor, un maestro, un evangelista, misionero, profeta, o como algunos se autotitulan hoy, apóstol, tiene un compromiso con Dios y con el grupo al que representa. Por tanto, si esa persona desea ligarse a otras actividades debe dejar claramente establecido que lo hace de manera particular y no ligar “la gimnasia con la magnesia”.
Ya lo dice en 2 Timoteo 2:4 “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado”. Entiéndase bien, o se es ministro del Señor o se es político, pero no ambas cosas a la vez.
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