Lauren Derby, norteamericana latinoamericanista, en su obra The dictator’s seduction (La seducción del dictador) entrelaza el simbolismo de la ópera "Aida" con el binomio del "poder-placer" personificado por el dictador Rafael Trujillo.
En efecto, los nombres de personajes de Aida (que tiene una temática del Egipto antiguo) --Ramfis, Radhamés, Aida-- parecen ser una fascinación en la familia Trujillo.
Derby confirma que Trujillo no tuvo paralelo en las Américas antes de Fidel Castro. Ambos califican como totalitarios --más allá de los caudillos autoritarios tradicionales latinoamericanos-- y ambos montaron un andamiaje internacional de apologistas (pero Derby omite que sólo Trujillo recibió un vergonzoso doctorado honorario en EE.UU).
La autora encaja a Trujillo, a su vez, en el populismo militarista que luego personificara el argentino Perón y ahora el excéntrico Hugo Chávez en Venezuela.
El estilo de opresión paternalista trujillista era el de crear la ilusión de un desarrollo socio-económico acelerado que a su vez elevaría el estatus socio-cultural del pueblo.
Les hacía creer a los dominicanos sentirse partícipes de su supuesta “alta cultura” (incluyendo música operática), mientras paralelamente manipulaba el racismo haitianofóbico histórico.
Aparte del sabido abuso del peculio público y la supresión de libertades, Derby describe: a) el sistema de dependencia clientelista trujillista --aprovechándose incluso del compadrazgo-- encaminado a generar lealtad; b) el sangriento aparato de terror, del cual fueron víctimas hasta sus ex colaboradores (ej., el vasco exilado republicano Jesús de Galíndez, asesinado por órdenes de Trujillo); y c) las campañas propagandísticas que inventaban mitos folklóricos acerca de sus supuestos poderes sobrehumanos y placeres insaciables.
Trujillo acaparó una serie de títulos ridiculísimos (ej. “El Benefactor,” “Padre de la Patria Nueva”, etc.), y hasta última hora organizaba desfiles estilo fascista que lo convertían en lo que Derby llama el “centro carismático de la nacionalidad”.
La adulación a su persona narcisista era un deber constante, por lo que los dominicanos vivían en una esquizofrénica “doble moral” kafquiana, fingiendo fidelidad, según nos cuentan también testigos de la época, ahora envejecientes.
Aunque ya existen varios estudios serios sobre el Trujillato, esta pionera “historia cultural” --basada en extensas investigaciones en República Dominicana-- es una joya singular.
Pronto se cumple medio siglo del trujillicidio, y es hora de dejar atrás “El Chivo” como excusa de males socio-políticos heredados.
Esperemos que esta elegante obra sea traducida al español para que aprendamos del pasado y evitemos otros megalomaníacos absolutistas en este siglo.
Dennis González es caribeanista
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