Han pasado seis años desde que Estados Unidos invadió Irak sin mediación, compasión ni miramientos.
Años imbuidos en una ardua lucha sin motivo y sin razón de peso, motivo que sólo lo entendió el ex presidente Bush y su gabinete presidencial.
Años de martirio a una población que de por sí ya estaba atrapada en una dictadura feroz, pero que tampoco invadir de esa manera era la solución.
Realmente no sé cuál ha sido peor, si la dictadura de Saddam de aquellos años antes de la invasión o la invasión misma.
El ataque a un “enemigo”, en este caso, un país tan singular como lo es Irak, sin conocer su historia a fondo, su gente, sus tradiciones y sus expectativas como pueblo fue lo peor que hizo el pasado gobierno estadounidense. Con la infame mentira de las “armas nucleares”, que nunca fueron halladas.
Mentiras tras más mentiras, como por ejemplo, para citar otra mentira, de que Saddam estaba ligado con la cúpula de Al Qaeda, nada más lejos de la realidad.
La población iraquí, al día de hoy lucha cada día por recuperarse de la barbarie y la violencia a que han sido sometidos por culpa de una invasión maldita. Esta población está carente de todo tipo de servicios sanitarios, de salubridad y alimentos.
Familias y hogares destrozados por culpa del fuego invasor y los innumerables ataques suicidas perpetrados por miembros de Al Qaeda que a raíz de la invasión muchos de esos talibanes radicales se asentaron en suelo iraquí para defender la causa musulmana y el ataque desproporcionado de la fuerza norteamericana.
Por supuesto, que muchos iraquíes veían con buenos ojos la invasión norteamericana y otros no.
Pues, esta situación incrementó el odio y las divisiones entre las distintas ramas de los fieles musulmanes, fomentado la violencia a escalas de horror entre suníes, chiíes, kurdos y otros más.
Han sido años espantosos, de grandes pérdidas, tanto a nivel humano como a nivel de infraestructuras. Centenares de niños huérfanos, de momento, sin mucha perspectiva de educación y futuro.
Recientemente, un suicida se inmoló matando a más de 132 personas e hiriendo a más de un centenar, un ataque definido como el más mortífero desde 2007.
La mayoría chií, antes oprimida por Saddam, acapara hoy la administración que instauró el pasado gobierno estadounidense. Algunos de estos líderes iraquíes apoyados por Irán controlan organismos de seguridad acusados de perseguir a los suníes.
Del otro lado, Al Qaeda, que es en su mayoría suní, se ha esforzado en ampliar la brecha civil atacando objetivos chiíes.
Barack Obama tiene que finalizar con dignidad estos años de sufrimiento al pueblo iraquí, retirando las tropas y enviándolas a casa y dejando el camino libre al gobierno iraquí para que pueda restaurar y llevar este país a su progreso.
Dunia De Windt es periodista
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