Jesús de Nazaret, a la edad de 33 años, sufrió una sucesión continua de agresiones en un lapso muy corto: persecución, traición, arresto a las sombras de la noche, un prolongado interrogatorio bajo insultos y burlas, vocinglería de las turbas, flagelación y bofetadas mientras permanecía atado a una columna; injusta y sumaria condenación, intenso dolor y profunda hemorragia al clavarle una corona de espinas, obligarlo a cargar su pesada cruz hasta el calvario, cuando le flaqueaban las fuerzas, y bajo el acoso de las turbas.
Al llegar al calvario le taladraron los pies y las manos para clavarlo en la cruz con los brazos extendidos, limitando los movimientos respiratorios.
Allí, bajo el sol y el calor abrasador del mediodía, llegó al clímax de su sufrimiento, con dolores insoportables, y mientras agonizaba le clavaron una lanza en el costado derecho.
Hay que agregar que Jesús no había ingerido líquidos ni alimentos en todo el día, y había rechazado la bebida que le ofrecieron: vino agriado (vinagre); además, había perdido una cantidad importante de sangre por las heridas, todo lo cual contribuyó a la deshidratación y disminución del volumen líquido que le provocó un shock hipovolémico para agravar el agotamiento desencadenado por el prolongado estrés físico y mental al que fue cruelmente sometido.
Hace dos mil años aconteció la pasión de Jesús, el Redentor de la humanidad, que terminó con una forma de muerte ignominiosa: la crucifixión. La inocente víctima experimentó lo que se puede calificar como prototipo del síndrome de estrés con agotamiento total por claudicación de los mecanismos de defensa de su cuerpo; pero el hombre maltratado y humillado continúa vivo, en su esencia divina, como el Hijo de Dios..
El autor es médico cardiólogo
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