El deseo de superación, las ansias de alcanzar metas, el anhelo de crecer personal y profesionalmente, y la búsqueda, en fin, de mejores horizontes, son algunas de las causas por las cuales los jóvenes –y hasta muchos seres ya maduros- emigran a otras latitudes.
Aquellos tiempos en que nuestros ancestros graficaban la bonanza expresando que “los perros se amarraban con longaniza” son, ciertamente, cosas del pasado y que es muy difícil, talvez imposible, que se puedan repetir.
Ya quisieran muchos tener las oportunidad de poder estudiar, perfeccionarse, dominar idiomas y ascender personal y socialmente en base a la vocación y disciplina que exigen hoy las academias que forjan profesionales no sólo para el presente sino para el porvenir.
Concluyendo con excelentes y envidiables calificaciones sus estudios secundarios en un colegio de monjas, mi hija quinceañera se ha marchado en estos días a Estados Unidos de Norteamérica, donde se propone cursar una carrera universitaria liberal, de esas que están en boga en las sociedades modernas.
No han faltado las sugerencias de amigos cercanos para que, en provecho de las relaciones personales y profesionales que he cultivado por mi ejercicio de larga data, buscara una beca o un subsidio gubernamental para esos estudios, lo que he desestimado para evitar las murmuraciones y envidia de los eunucos y resentidos del medio.
Confieso que en principio no aboné la idea de esa emigración, arrastrado talvez más por el generoso paternalismo latino que por cualquier otra razón, pero en respeto a la decisión de su conciencia y en estímulo a su dedicación permanente al estudio, a la familia y al hogar, acaté su deseo.
No niego que su partida a otras latitudes me entristece y acongoja extraordinariamente, pero en mí no caben los egoísmos.
Más bien, confío en que así como ella ha sabido colmarme inigualablemente de amor a raudales y de cariño sin fin, si el Todopoderoso lo permite, también me brindará la oportunidad de ver y celebrar con ella sus éxitos profesionales con el orgullo y la satisfacción de padre correspondido.
Gretcher Paola, mi adorada Mimi, partió hacia el Norte con un equipaje repleto de ilusiones y esperanzas. La despedí con lágrimas de gran amor y cariño, las que le oculté para no entristecerla. Ella nunca se marchará de mi corazón y de mis afectos. Y en mis metas, aunque yo esté llegando al otoño, siempre estará presente.
Leo Hernández es periodista y consultor de comunicación
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