A unque relegado a la página 30 del diario receptor, no puede ser desdeñado este despacho de la agencia EFE, fechado en Quito y reproducido aquí con la matización de cabecera de que la cultura comercial se está tragando a las comunidades indígenas:
“La globalización y la presión en comunidades indígenas por integrarse a la cultura dominante están acelerando la desaparición de cientos de lenguas en todo el mundo, lo que supone, más que una pérdida de palabras, la destrucción de una forma de ver la vida…” (El Nacional, 10/09/11, p. 30)
La misma reseña da cuenta de que de los seis mil idiomas censados en el mundo, 2,500 están en peligro de extinción como consecuencia de esta nueva ola de purga cultural. Esto significa que casi la mitad (42%) de las lenguas existentes desaparecerá en poco tiempo. La amenaza mayor afecta a Oceanía y América. En Brasil peligran 190 idiomas; en México 144; en Colombia 68 y en Perú 62. Sólo en Norteamérica, donde hay 300 lenguas documentadas, a mediados de esta década apenas sobrevivirán 12, es decir, el 4 por ciento.
Con cada lengua que muere desaparece una parte vital de la cultura, un modo de entender el mundo, de interiorizar el espacio y los objetos y de relacionarse con otros seres humanos. Se cuenta que, en nombre del “progreso”, en una remota aldea mexicana el gobierno de entonces decidió construirles casas “modernas” a los campesinos, y nadie pudo entender por qué éstos las rechazaron.
Se supo después que los lugareños se resistían a que les cuadricularan la vida: estaban habituados a disponer sus viviendas en círculo y a cierta distancia del suelo. El área central era dedicada a las asambleas, las fiestas comunitarias y los deportes; debajo del piso se guardaban los implementos de labranza y los útiles deportivos. Su relación con el espacio y los objetos de uso cotidiano era distinta a la que el “progreso” pretendía imponerles, como distinta era, también, la forma de nombrarla.
Por algún recóndito e inexplicado motivo, Cortés dispuso destruir enormes riquezas artísticas de los asentamientos aztecas que había asaltado en México: procedente de la geografía de la contrarreforma, sus esquemas mentales le indicaban al conquistador que aquellas obras deslumbrantes eran la encarnación del demonio.
Ante la azarosa reedición del acto cruel de Cortés, armada de mejor tecnología y del encanto de Internet, el despacho de EFE que da pie a este comentario debiera ser interpretado como una convocatoria urgente a la resistencia cultural. La gente rechaza el igualitarismo forzado de los bien servidos cultores de la chatura universal, la nueva cara del totalitarismo planetario del mercado.
El autor es periodista
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