A propósito de la entrega anterior (“El verdadero problema”, 09/09/11), una colega del diario Hoy me ha proporcionado un ejemplo muy ilustrativo de la propensión de muchas organizaciones a comprometerse en resolver de manera perfecta el problema que no es. Se trata del reciente curso intersemestral de la UASD, el intensivo que, según la crónica, estuvo a punto de zozobrar.
La cuestión se había planteado en los siguientes términos:
1. La crisis estaba a un tris de estallar: la cuota aportada por los estudiantes no alcanzaba para financiar el curso y no había garantías de que se pudiera pagar a los profesores.
2. El faltante era de unos 30 millones de pesos, cantidad que la universidad, según sus alegaciones, no estaba en condiciones de satisfacer.
3. Los profesores se negaban a impartir el curso si no se les aseguraba el pago.
4. Los estudiantes, a su vez, se resistían a aportar la diferencia para completar los gastos del curso como establece, para esos casos, el reglamento.
5. Con ese cuadro de amenaza de crisis, las autoridades universitarias recurrieron al auxilio del gobierno, que se avino a facilitarles un financiamiento extraordinario de 30 millones de pesos para solventar la situación.
De esa manera quedó “resuelto” el asunto. Impresionado por este “final feliz”, un periódico manifestó su satisfacción por “la solución” a la que se había llegado, y dedicó su columna editorial de ese día felicitar a los actores involucrados: a los estudiantes, porque recibirían las clases a las que tienen derecho; a los profesores, porque tenían garantizado el pago de la docencia; a las autoridades universitarias, por ser tan diligentes y, en particular, al gobierno, por su comprensión. En fin, todos estaban “del lado correcto”, lo cual sucede a menudo cuando el esfuerzo -y el gasto- se concentra en resolver el problema que no es, procedimiento que tiende a ocultar la cuestión esencial y deja abierta la posibilidad de que, como en este caso, las dificultades resurjan después con mayores complicaciones.
Las fuentes del problema siguen ahí, amenazantes. Distinto habría sido si las partes hubieran reparado en que el reglamento alude a las calidades tanto de profesores como de estudiantes considerados aptos para participar en el intensivo. La diferencia apunta a la actitud que se adopte frente a la amenaza de crisis, supuesta o real: unos enfrentan la situación desde sus raíces, en procura de superarla; otros intentan evitar el conflicto sin afectar sus causas, con lo que apenas lo enmascaran en un ficticio “final feliz” que, además de dejar intacto el problema, siempre resulta muy costoso.
El autor es periodista
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