Me acuso de no haber leído a Dalí, de no conocer El rey Lear, de haber sido indiferente a Martin Heidegger, Soren Kierkeegard, Friedrich Hegel. Me acuso de que me resulta abstrusa la “historia de la eternidad” borgiana, de mi desencuentro con El Capital de Carlos Marx, con Jurgen Habermas, con Hannah Arendt. Me acuso en fin, de todo lo que no he querido o no he podido leer, porque, después de todo, como dijo Wagner al doctor Fausto, “mucho es el arte y breve la vida”.
Me acuso de desdeñar lo cibernético en cuanto distraiga de lo quiditativo y sumerja en lo banal; de odiar leer en pantalla los famosos PDF que irritan mi nervio óptico; de haber escuchado a Bill Gates proclamar – al igual que Nietzsche respecto de Dios- la muerte del libro.
Me acuso de jugar a las escondidas con mi PC, de concebirla como mero instrumento accesorio en las aburridas tardes de obligado trabajo, de ser parco en mi apreciación de la utilidad que reporta esa cajita –o mejor lamparita- que contiene genios de todas las estirpes; de hacer, consciente o inconscientemente, inercia al avasallador empuje de lo tecnológico, como si temiera caer en el pecado de una infidelidad que mis libros cobrarán con creces, condenándome a un divorcio sin partición de bienes y en el que sólo retendré, por único inventario, el nostálgico olor de sus manoseadas páginas.
Me acuso de recluirme en Piché para solazarme en la subrogación que experimento respecto de los protagonistas presentes en las historias o fábulas que leo, a beneficiarme de los catárticos efectos de una tragedia sofoclesiana, privando el espíritu del contacto con la fuente primera de lo natural, de lo corpóreo, de lo material, sumergiéndome en la mesmérica otredad de algún “descubridor”, un conquistador o algún villano, en un espacio donde a veces soy Aquiles, a veces Paris, unas veces Gandhi, otras Napoleón; o quizá me permito no ser ninguno de ellos, los corrijo, los reinvento, los castigo y hago de crítico, de juez.
Me acuso, me acuso, de promover la lectura como agente transmutador de las miserias humanas, forjador de hombres y mujeres libres, que disfrutan la concurrente soledad de ese “vicio impune”.
Porque, en fin de cuentas no podré superarlo, porque en fin de cuentas no quiero hacerlo y si me tocara de nuevo “encarnar” mi apreciado onomástico, reincidiera en mi conducta, seguro de poder trascender dentro de mí mismo, reinventándome infinidad de veces en la eternidad.
El autor es abogado y político
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