Últimamente, en campos y ciudades, se ha forjado una nueva categoría social.
Ninguno de nuestros grandes sociólogos podía prever que del caos y de la ilicitud podía surgir un sector social amplio alimentado por la corrupción, la ignorancia y la supina indiferencia de nuestros gestores de la cosa pública.
Quienes integran dicha clasificación están por encima del bien y del mal, y por ello se sienten en derecho a poner cualquier negocio en la vía pública impidiendo el libre tránsito por aceras y avenidas, obligando a otros a aceptar dicha situación anormal.
Pueden ocupar cualquier terreno en el país y consiguen, gracias a la gestión de un descarado que desprestigia el cargo de senador, diputado, secretario de estado o general, un título definitivo. Y no existe persona alguna que se atreva a intentar un desalojo.
Este personaje funesto puede incumplir brutalmente todas las disposiciones legales, ya que saben que, a menos que afecten altos intereses, sus pequeñas “felonías” les serán perdonadas y más cuando hacen fuerza de choque como son los sindicatos.
Si usted está envuelto en cualquier problema con un padre de familia, es mejor que se transe, dado que aunque usted tenga la razón, ese caballero posee todas las de ganar y las que pasó Caín tras matar a Abel serán unas vacaciones en Bávaro al lado del martirio que usted tendrá que pasar.
El padre de familia está autorizado por cada gobierno a buscarse lo “suyo”, son buscones en las instituciones del Estado y sin la presencia de estos no se le ocurra tratar de hacer alguna gestión.
O, están como transportistas desaprensivos, organizados en sindicatos, confederaciones y otros grupos que parecen asociaciones de malhechores por las múltiples infracciones de todo género que cometen a diario, y ante la vista de unas autoridades que hacen ojos vista, ya que no desean pagar el precio político del orden.
Este grupo considera que el Estado está en la ineludible obligación de darles todo, y bueno y rápido, pero no reconocen ninguna obligación social.
No pagan ningún impuesto y todo pan gubernamental que afecte su caos origina un tumulto que obliga a su vuelta atrás o peor, permitir que se vuelva inoperante.
Ciertamente, reconozco que este sector ha causado gran mal, pero quienes lo auspician lo hacen por un motivo imperdonable.
La historia humana recoge las historias épicas del hombre, sus luces y glorias, pero también sus sombras, bajezas y miserias.
Por ese miedo a perder sus escaños y cargos políticos es que nadie desea seriamente organizar este país.
Y por miedo, demasiado hemos tenido que soportar.
Es hora de que reflexionemos y nos ocupemos de que la ley y el Estado sean iguales y justos para todos.
Néstor Saviñón es abogado
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