Paz sin fronteras, fue el nombre que le dieron al significativo concierto celebrado el pasado domingo en La Habana, Cuba. Se efectuó en la Plaza de la Revolución.
Un lugar histórico rodeado de edificios, como el Ministerio de Interior, con el famoso mural del Che Guevara y el monumento a José Marti de 142 metros de altura, entre otros y donde generalmente se realizan actividades de tipo político. Ahí, en el centro de Cuba, latió su corazón.
Desde todos los rincones de su territorio, por todas sus venas, fluyó la sangre, la gente, que le hizo palpitar.
Se reunieron alrededor de un millón de personas, desafiando el sol y calor sofocante, para unirse a los artistas que decidieron gritar bien alto que la paz no tiene ni debe tener fronteras.
Diplomáticamente, llovieron meta mensajes. Vi el concierto por TV desde el inicio hasta el final. Mi mente no se detuvo analizando hasta los detalles.
El concierto lo abrió Olga Tañón, desbordó energía, alegría, fuerza, al interpretar sus canciones, como queriendo inyectársela a los asistentes.
Al final, con actitud maternal y muy emocionada, dijo, “qué Dios y la Virgen les den todo lo que se merecen”.
La panorámica de ver a los cubanos entusiasmados, disfrutando, fue algo inconcebible para mí. Desde décadas los visualizo sin espontaneidad, sometidos al régimen.
Las preguntas bombardearon mi mente: ¿recibieron órdenes de asistir y tener ese comportamiento por la actitud adversa al concierto de algunos exiliados cubanos?, ¿será una catarsis, un desahogo?, ¿una imploración? O acaso fue simplemente una forma de disfrutar de sus artistas favoritos? Me queda la incógnit; pero lucían felices.
Danny Rivera, “quiero un pueblo que ría y que cante”. Miguel Bosé, “el hombre tiene derecho a la paz a pesar de sus diferencias”.
Carlos Varela, “la verdad de la verdad es que no hay una”.Con todo este contenido, me imagine a Fidel, mirando el espectáculo en pantalla gigante, con una mano en la barbilla, serio, pensativo y su hermano Raúl, a su lado, observando de reojo sus reacciones. Juanes, al interpretar una de sus famosas canciones hizo que todos repitieran “a Dios le pido”.
“La paz debe viajar como el aire, no importa cómo pensemos, al final somos iguales”, “Hay una isla en medio del mar que clama libertad”.
Dedico esta canción “a los que estén privados de libertad”. Me imaginé a Fidel rascándose la barba. Fue la única vez en que se escuchó la palabra libertad.
Todos hablaban de paz y amor, como para no herir sensibilidades. Participaron otros artistas. Muchos que no conocía, pero muy buenos.
La idea de Juanes con este concierto lleva envuelta una tremenda lección y misión: la música es un arma de penetración poderosa, mágica. Va directo a la mente.
Los mensajes y los cambios llegan y se producen con más rapidez, no solo en el corazón de los enamorados sino también en el alma de los pueblos.
La idea es sembrar la importancia de la paz, amor, justicia social, libertad, para contrarrestar antivalores, odios, guerras, rencores, orgullos, ambiciones, que impiden al individuo y los pueblos disfrutar de bienestar y paz. Felicitaciones a Juanes por su visión.
Ojalá sea imitada y respaldada por todos los artistas del mundo.
Venecia Joaquín es comunicadora
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