Una de las lecciones históricas que debemos aprender del escándalo provocado por los cables de Wikileaks es que en la vida moderna, todas las relaciones están interconectadas por la red, incluidas las del poder político.
Cuando cinco grandes periódicos comenzaron en noviembre pasado a publicar parte de los 250,000 informes secretos emitidos por embajadores de EE.UU. en todo el mundo, estalló un escándalo internacional, cuyas consecuencias repercuten ahora en la escena política dominicana.
La trascendencia de ese hecho es que, por primera vez en la historia, una entidad privada como Wikileaks rompió la red de comunicación secreta de la diplomacia de la mayor potencia del planeta, posibilitando que el público conociera acontecimientos en los que ha participado Estados Unidos, que en otras circunstancias deberían pasar entre 20 y 25 años para ser develados.
Eso quiere decir que la historia, en esta nueva era de la comunicación, se dilucida ahora y no posteriormente, cuando la mayoría de sus protagonistas hayan desaparecido o no pueden responder por sus hechos.
La nueva sociedad está estructurada por comunidades conectadas en la red e integradas por individuos, empresas e instituciones con cuotas de poder real en la vida pública.
Dentro de esta nueva estructura social, no sólo el poder estatal es vigilante, sino que éste y sus actores también son objeto del escrutinio de ciudadanos y organizaciones que poseen sofisticados instrumentos tecnológicos que les permiten acceder y difundir grandes volúmenes de información. Es lo que ha pasado con Wikileaks y los cables de la diplomacia estadounidense.
Constantemente espiamos y somos espiados a través de satélites, videos, fotografías y conversaciones telefónicas. Cada vez que navegamos por Internet dejamos rastros de nuestra identidad.
Vivimos en una sociedad transparente, en la que ya nada puede ocultarse. Renunciamos a nuestra privacidad con cada incursión en la red. De manera que las revelaciones de Wikileaks constituyen una lección histórica, en el sentido de que no sólo el ejercicio de la ciudadanía es y debe ser transparente, sino también la gestión del poder.
Los medios de comunicación contribuyen en esta labor a que haya una mayor transparencia del poder, pero no producen cambios sociales. Son los ciudadanos mediante su participación en los espacios de negociación del poder quienes imponen las transformaciones sociales. Esto es lo que añade valor al hecho de que podamos conocer en el presente cómo se dilucidan las cosas entre los gestores de ese poder político responsable de establecer consenso.
Óscar Peña es periodista y escritor
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