El Estado de bienestar, modelo económico genial, ha degenerado en un eslogan político, que a partir de los años 90 ha sido sobreutilizado por algunos grupos políticos y banqueros en el poder, para aprovecharse del dinero disponible del público y estatal, en orgías de especulaciones financieras.
El Estado de bienestar pleno no puede existir nunca; hay que tener en cuenta que la misma definición y objeto de la Ciencia Económica es: estudiar la correcta distribución de los recursos escasos para satisfacer las necesidades del ser humano. La realidad es que siempre habrá necesidades y recursos escasos que administrar, gracias a Dios, porque cuando hay abundancia o miseria plena, el ser humano degenera.
¿Qué hacer por quienes tienen algo de dinero ahorrado en estos tiempos tan complicados? Pues recordarles las recetas de sana administración de siempre, no gastarse todo el ingreso, recordar que hasta la Biblia nos dice que hay épocas de vacas gordas y épocas de vacas flacas. Saber que el dinero debe ser cobarde y no ir a la aventura financiera de otros a quienes no conoces y que viven exhibiendo unas opulencias bochornosas.
El mercado financiero está demasiado maleado. Los bancos todavía se jactan en publicaciones de los miles de millones que ganaron el año anterior, como si no existiesen límites naturales para tantos beneficios. Y el ahorrante está asustado, muy asustado y con razones para ello.
Las ciencias sociales, en especial las económicas, se diferencian de las ciencias puras o naturales en que sus afirmaciones no pueden refutarse o convalidarse mediante un experimento en laboratorio y, por tanto, usan unas modalidades diferentes del método científico, más cercano al de las adivinadoras de bolas de cristal.
De aquí su complejidad y alto nivel de incertidumbre, pues se desenvuelven valiéndose de aproximaciones y más bien definiendo las tendencias en el comportamiento de las variables económicas que ellos mismos crean para dar consejos a sujetos y entidades que viven en un mundo altamente dinámico y real.
Los griegos, españoles, irlandeses e italianos se creyeron que eran ricos y hermosos durante las últimas décadas, cosa que todos sabemos que no es así.
Los griegos comenzaron a tirar platos a sus espaldas mientras bailaban más que Zorba el griego; todo era una fiesta hasta que se acabó lo que se daba y ahora hay que pagar los platos rotos.
Lo grave es que nuestras sociedades han creado organismos de regulación y supervisión que no han hecho su trabajo o que han sido capturados por los agentes del mercado. Lo grave es que los pendejos, o sea, casi todos nosotros, tendremos que pagar la fiesta y, además, recoger toda la basura y porquerías que dejaron los juerguistas.
Fernando Casanova es abogado
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