Con gran espanto e inquietud hemos visto en las primeras páginas de nuestros diarios cómo comunidades se unen para linchar delincuentes o crear grupos de vigilancia contra las acciones de éstos.
Cuando la población no confía ni en las autoridades policiales ni en las judiciales, busca mecanismos de autodefensa ante los embates de la delincuencia.
En la comisión de muchos hechos delictivos se ha comprobado la participación de delincuentes que en ese momento deberían estar cumpliendo condena.
Por ello surgen diversas preguntas que cuestionan la capacidad del sistema penitenciario nacional: ¿Cómo están sueltos? ¿Qué mecanismo jurídico utilizaron para obtener su libertad?
La anomia, ese estado de indefensión que condena a parte de nuestra población a vivir al margen de las leyes, ha provocado un auge inusitado de compañías que ofertan seguridad.
En Brasil, los comerciantes pagan a los sicarios de las favelas para que maten a los jóvenes que hurtan sus negocios.
En los altiplanos bolivianos y peruanos, quien es encontrado robando es lapidado.
Lo penoso es que la solución a dicho flagelo es posible. Se deben crear oportunidades para fomentar la creación de empleos en las zonas más depauperadas, para así poder permitirles a miles de dominicanos acceder a los servicios públicos y vivir con sus necesidades básicas cubiertas, lo cual es posible si contáramos con planes de incentivos correctamente focalizados.
Una vez se crea la riqueza, esta se redistribuye y de esa acumulación originaria se pueden producir pequeños negocios que ayuden a mejorar progresivamente el modus vivendi de la población.
Al ganar más dinero la población, gana el Estado, ya que podrá tributar más y ofertarles a estos señores servicios públicos óptimos a todo ese entramado humano.
No toda la delincuencia es por marginación, pero mientras más pobreza y desigualdad social exista en una sociedad, mayor será el número de crímenes de todo tipo.
Por ello, y es mi ardoroso deseo, debemos perseguir el devenir en un Estado solidario, consciente y responsable. Solidario con nuestros hermanos en necesidad y brindarles la oportunidad de progresar, conscientes de que el éxito no debe ser simplemente individual, sino que debe buscarse la felicidad y el bienestar de toda la nación y responsables, porque debemos, por humanidad y justicia ir en auxilio de nuestra población abandonada e indefensa.
Recordemos la posibilidad terrible que se abre ante nuestros ojos de no hacerse de esta manera.
En Fuenteovejuna, cuando finalmente las autoridades reales marchan al pueblo a conocer de la ejecución del comendador, el cual había sido linchado por el villanaje, estos le respondieron: “Fuenteovejuna, Señor”. Si tal cosa pasare, los linchamientos serían moneda de uso común y el método para dirimir todo problema, perdiendo todos como sociedad, nación y seres humanos individualmente.
Nestor Saviñón es abogado
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