La creación de una “zona de tolerancia” o “zona rosa” en Santo Domingo se impone ante el ejercicio desproporcionado y desordenado que ha cobrado el más viejo oficio carnal que conocemos: la prostitución.
Parejo a la crisis económica y el retroceso de los valores, el mercado del sexo ha hecho explosión extendiéndose sin linderos limitados por los cuatro costados de la Ciudad Primada de América. La oferta de placeres al mismo tiempo se ha diversificado, al extremo de que en calles céntricas y populosas avenidas compiten en un cerrado pulso prostitutas, homosexuales y travestis.
Estos últimos aparentan ganar la batalla a juzgar por el número que excede con creces a las féminas, muchas de las cuales, en inocultable desventaja, han optado por abandonar los “puntos”, prefiriendo mercadear su anatomía en horas del día.
La comercial y populosa avenida Duarte, aunque no de manera oficial, fungió como una especie de “zona rosa” en un amplio tramo hasta finales de los años 80. Mujeres y hombres en busca de negocio y placer, a un modesto precio, precavidos para evitar ser identificados, solían darse su vuelta por esta vía al amparo de la oscuridad nocturna.
Con los cambios, los nuevos gustos develados en materia de sexo y el aumento del poder adquisitivo, más la competencia, la Duarte perdió primacía como destino preferente de la prostitución capitalina.
Las zonas de tolerancia son una realidad en capitales de Europa como las deslumbrantes París, Francia; Berlín, Alemania; Madrid, España, y Londres, Inglaterra.
Pero también en la mayoría de las islas del caribe y ni que decir en las principales ciudades de los Estados Unidos, tales como Nueva York, Los Angeles, Boston, Miami y Philadelphia.
Su regulación y ordenamiento en estas civilizaciones llama la atención no sólo al mortal que anda detrás de placeres mundanos, sino también al que lo examina como un fenómeno social inherente a la naturaleza humana.
La iniciativa de la diputada Esther Minyetti debe ser bien recibida sin sorna ni rechiflas y sin morbosidad. Hay que ponderarla con seriedad admitiendo que la prostitución se les ha ido de las manos a las autoridades.
Las estadísticas oficiales informan de la propagación escandalosa de enfermedades de transmisión sexual, incluso algunas que se creían erradicadas del seno de la población.
Pero también sufren los moradores de los sectores donde se ha entronizado esta epidemia, prueba irrefutable de la decadencia, asaltados por la intranquilidad e inseguridad y la degradación del entorno. Borrar este panorama patético de las calles no puede esperar.
Manuel Nova es periodista
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