Nuestros congresistas siempre me han llamado la atención. A veces, para no decir siempre, ni la comunidad a quienes representan en el Congreso los conocen. Simplemente hacen una campaña breve, reparten unos milloncitos de pesos y son los representantes de esas comunidades en el Congreso Nacional.
Muchos hacen piruetas para permanecer en sus puestos. Abundan como parte de su trabajo, las reuniones secretas, cenas clandestinas, maletines extraviados y varios acuerdos por debajo de los curules.
Cuando hacía bachillerato, los profesores comentaban que en el Congreso sólo laboraban personas cultas, pulcras y con mucho que brindar a nuestra sociedad. Pero la realidad congresual de nuestro país es la mayor de nuestras decepciones.
Y por supuesto, eso de “velar por los intereses del pueblo” es pura fantasía mitológica. Hoy, cualquiera puede ser congresista haciéndole un daño terrible a nuestro sistema político.
Yo no me siento identificada con nuestros congresistas.
Parece que tener a cierta clase de congresistas sentados en sus curules, ganándose mucho dinero, con dietas exorbitantes, pagas extras para viajes y demás, forma parte ya de nuestra idiosincrasia, sin mencionar a los que cobran y no asisten al Congreso.
Muchos están como monigotes para aprobar préstamos millonarios y endeudar más al país, sin pensar en las consecuencias de ese festín.
Entre tanto, la labor de solucionar los problemas de aquellas provincias a quienes ellos representan se queda en el olvido.
Y estos pueblos siguen cayéndose a pedazos cada día. Pienso que al igual que los planes de saneamiento en la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas, deberíamos de empeñarnos en sanear nuestro Congreso Nacional y convertirlo en una mejor institución.
No permitir la entrada de cualquiera, no importa su condición o de dónde venga, sin importar que sea hijo o no de políticos.
Preservar esos curules para las personas que de verdad lo valen y están dispuestas a trabajar. Lo que acabo de decir suena a quimera…lo sé, porque luchar contra tantos intereses resultará complicado, pero si dejamos que las cosas transcurran como hasta ahora, no tendremos motivos de lamentarnos.
El Congreso Nacional debería ser un lugar sagrado, de encuentro diáfano de las distintas fuerzas políticas del país, un espacio para debatir con seriedad y rigor los pormenores de nuestros problemas más acuciantes.
Darle la importancia que se merecen y tratar de que esos hombres y mujeres que están sentados en esos curules, levantando la mano, sean personas honestas, responsables y dignas de sus funciones en nuestra sociedad.
Dunia De Windt es periodista
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