Acabo de leer el libro “Guzmán: su vida, gobierno y suicidio”, escrito por el periodista José Báez Guerrero sobre don Antonio Guzmán Fernández.
Una obra estupenda, con magníficas descripciones, que sumergen al lector en el ambiente en que se desarrollan los hechos.
Sentí deseo de salir corriendo a dar la voz de alerta sobre el estado emocional, de este hombre tan noble y digno que teníamos como presidente de la República. Si hubiese estado cerca, quizás la hubiera dado, pues tengo la manía de analizar la gente.
Nadie me confunde por el poder que ostenta ni la riqueza material que le rodea. Busco el ser humano, trato de penetrar en su alma.
En esta lectura, evoqué su imagen de hombre trabajador, bonachón, bien intencionado, con luces brillantes y habilidades naturales, que le permitieron llegar a la Presidencia. Siempre le seguía a través de la prensa, pero tuve la oportunidad de conocerlo personalmente y me hizo sentir bien al decirme que mi sonrisa era bonita y sincera.
Muchas preguntas y escenarios vuelven a mi mente buscando las posibles causas por las que decidió quitarse la vida. Pienso, en primer lugar, en el contenido de su alma.
Nació en un pueblo, La Vega, pero tenía la esencia de típico campesino: sencillo, laborioso, honesto, con “demasiada vergüenza”.
Amaba el campo. Los instrumentos que utilizaba para trabajar y alcanzar sus objetivos eran transparentes. Los esgrimía confiado en que eran los adecuados. A mi juicio, el contenido de su corazón y estos instrumentos en acción, chocaban y eran arropados por la complicada dinámica del quehacer político y gubernamental, donde los lobos con la boca abierta estaban en asecho para devorar.
Muchos con más formación académica e intelectual, sutilmente salían del camino o tendían la trampa. Despertó tarde ante esta realidad. Le dolió. Lo aturdió. Sus principios personales, sanos y bien intencionados, estaban presentes en todo.
Sin embargo, descubrió tarde que los criterios para atender asuntos particulares, no podían ser los mismos para manejarse como presidente de una nación, como el hombre de máximo poder político, posición a la que muchos aspiraban. Necesitaba algo más que ser un campesino serio y confiado.
Necesitaba entender la malicia humana y no exhibir todas sus armas. Es posible que don Antonio fuera propenso a variados estados anímicos.
Todos lo somos. Por esa razón, siempre he creído, que un Presidente, de cualquier nación, por su delicada misión, debe tratar de tener al margen del ejercicio gubernamental a los familiares más cercanos.
Debe reservarlos para que sean su refugio de paz. Su roca. Para con ellos reflexionar en voz alta, en confianza. A veces un comentario, una pregunta tonta hecha por un familiar, iluminan el panorama, pero para hacerla con objetividad, sin apasionamiento, debe estar fuera de la dinámica del poder.
Ellos ayudan porque observan detalles, cambios, que para otros pasan inadvertidos. Además, en un momento dado, pueden imponerse, obligándolo al descanso, a pensar en sí mismo, a pesar y por la patria. Don Antonio pudo controlar esa debilidad.
Tenía madera para hacerlo. Parecería que le faltaron luces en las tinieblas, voces que se elevaran y le motivaran a utilizar su firmeza y coraje interior para desafiar los lobos que le quitaban la tranquilidad. ¡Qué hombre valioso perdió la nación!
Venecia Joaquín es comunicadora
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