El año 1976 fue un año cuña en España. Se daba por terminado el régimen franquista, y los elegibles para administrar el Estado, como Joaquín Garrigues Walker, el tótem de los liberales españoles; José María de Areílza y Manuel Fraga Iribarne se sentían seguros de que serían los llamados por el Rey Juan Carlos para presidir el gobierno español.
Un nuevo gobierno que tendría la tarea de convocar lo que hacía mucho que no aparecía en España: Las buenas voluntades y el trabajo. Los políticos estaban ocupados en ofrecer reconstruir o cambiar España, pero se necesitaba más que voluntades y ofrecimientos, se necesitaba ponerse a trabajar por el bien de toda España y los españoles.
Adolfo Suárez –El anticomunista inteligente– como le llamó Santiago Carrillo (en tiempos en que los comunistas se creían que todos los que pedían cambios eran comunistas) aparecía como alguien advenedizo, insípido, y que no daría la talla. Suárez pasó de ser hombre gris y desconocido para el gran público español, a ser el arquitecto y trabajador de la España moderna. De una España que sirve de modelo cuando de transiciones de regímenes políticos se habla.
Pero Suárez era mucho más que todo eso, era un estadista de visión a largo plazo, no un político oportunista que ofrecía lo que los otros querían oír. Él podía prometer, prometió... y le dio a España un gran pacto, un gran Acuerdo de Nación desde la Moncloa.
La biografía de Adolfo Suárez es resumida por las enciclopedias y anuarios más o menos en los siguientes términos: “Adolfo Suárez González (Cebreros, Ávila; 25 de septiembre de 1932). Abogado y político español, primer Duque de Suárez, caballero del Toisón de Oro y Presidente del Gobierno de España entre 1976 y 1981, siendo el primer presidente democrático tras el régimen de Francisco Franco. 73º Presidente del Gobierno de España, 3º de la Transición (1975-1977) y 1º de la Democracia (1977)”. Informaciones correctas, pero que no son más que datos biográficos que no dan idea de la humanidad y el talento detrás del hombre y el nombre Adolfo Suárez.
Cada día aumenta el reconocimiento que se merece, ya que no es enemigo a abatir en política. El destino le ha hecho una mala jugada al final de sus años, su mujer y su hija morían demasiado jóvenes arrasadas por cánceres devastadores, y él ha entrado en un estado de tabula rasa con la historia y la memoria, llevado de la mano por el angustioso mal de Alzheimer, enfermedad incurable y terminal que también hizo estragos con otros iconos recientes y de parecido valor como son Margaret Thatcher, Ronald Reagan y don Juan Bosch.
Fernando Casanova y Llaca, es abogado
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