Una vez le pregunté al inolvidable literato y diplomático Don Héctor Inchaustegui Cabral, qué era a su juicio la diplomacia.
Nunca he olvidado que dijo: es el arte de concertar, llevarse bien con los demás, la habilidad para obtener de otras personas o naciones lo que se quiere de ellas sin incomodarla.
Para ejercerla se requieren no solo conocimientos de los intereses y relaciones oficiales, sino también habilidades especiales para armonizarlos en beneficio mutuo.
La clave es el respeto, agrego. Esto viene a mi memoria porque cada día observo con preocupación la falta de entendimiento entre las naciones. Parecería que falla la diplomacia.
Ella es a mi juicio, el idioma común, la cálida sábana que arropa con afecto. Indiscutiblemente, es una ciencia que requiere dedicación para poder generar frutos positivos.
Ella es a los pueblos lo que es el amor entre la pareja: un bálsamo, un noviazgo que debe renovarse y abonarse diariamente con detalles. Hoy, que el mundo está complicado con guerras, odios, irrespeto, hambre, posiciones radicales y ambición sin medida, debemos esgrimirla de manera especial en pro de la justicia social.
Necesitamos de negociaciones inteligentes, que no hieran susceptibilidades, de trabajos preventivos para evitar los problemas.
Cada día, se profundizan las heridas, el malestar y atacan sin piedad lo esencial del hombre y los pueblos: su alma. Se pierde de vista lo humano.
Urge una actitud de hermandad. La diplomacia es el arma indicada para logarlo. Es una forma sutil y efectiva de formar un mundo mejor. Necesitamos que los diplomáticos estén conscientes de esta realidad y de su importante misión.
Ellos representan una nación. Si cada uno lleva buena voluntad, si proyecta la parte más positiva, generosa, solidaria, el mundo estaría mejor. Hay muchas formas de hacerlo hasta con pequeños detalles.
Es cuestión de concentración. Los diplomáticos modernos, no solo deben ser buenos observadores de posibilidades, negociadores multidisciplinarios, no solo deben cuidar los ciudadanos en tierras extranjeras y mantenerlos en contacto con sus raíces, sino que tienen la responsabilidad de hacer su contribución en pro de la paz mundial.
Es el fin último. De ahí que su función no es cuestión del acto protocolar de presentar credenciales y trabajar a control remoto.
Es un sembrar día a día en el campo asignado, acumulando confianza y dejando que se conozca la idiosincrasia del país. Es un hacer sentir que somos iguales en derecho, que debemos ayudarnos.
Urge que los diplomáticos sean con visión amplia, responsables y con habilidad para concertar.
Ellos juegan un papel determinante en el bienestar de la humanidad.
Venecia Joaquín es comunicadora
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