Casi siempre, los sueños individuales dejan de ser, y el individuo se convierte en una cifra más de las estadísticas, y te preguntas ¿adónde se fue aquella chispa?, aquellas ganas de hacer algo, algo bien, bueno y trascendente.
Y nos conformamos con seguir existiendo, transigiendo. Haciéndote trampas por aquí y por allá. Algunos haciendo todo lo contrario al sueño, por propia decisión, y otros, los más, por inercia.
Porque la vida es así; porque ya se acaba cuando apenas te das cuenta de que era más corta de lo que pensabas. Siempre se piensa en una meta, un sueño, una obra; pero el talento y la intención no son suficientes, falta algo más que se escabulle, que se te niega.
Para la creación trascendente, hace falta algo más, una actitud distinta, una disciplina; o ambas cosas a la vez.
Debe ser esto a lo que le llaman carácter. Pero luego vienen las chapuzas, el procrastinar (por fin puedo usar la palabreja esta, tan fea), y ver a otros hacer y dar a conocer sus cosas, mientras la vida pasa, pasa y pasa.
Y te consumes, te consumes y acabas más triste que La Dolorosa, más agrio que un limón y más seco que un hojaldre.
Tal vez la vida común y corriente es tan interesante como la del que trasciende el tiempo y su vida. El seguir la corriente, la vida plácida y sin altibajos puede ser un cálido sentimiento cuando la puedes entender así, cuando captas que existen esas pequeñas cosas que hacen trascender tu flujo vital, tu ethos. Sería más prudente recomendar el ethos al pathos, olvidarnos de los insoportables conferencistas de auto-ayudas y del “Si, se puede”, y empezar a vivir las pequeñas cosas, que son las cosas de todos los días, de tu intimidad más inmediata.
Hacer de cada acción, de las cosas corrientes un acto de santidad, como pedía San Josemaría. Pero la vida es algo más dinámico y exige compromisos que a veces no quieres, o no te importan, pero que tienes que asumir por otros, o porque eso es lo que toca hoy y ahora.
En ese dilema se está cada vez que vamos a la cama, cada vez que nos dejan un rincón para poder fumar tranquilo sin que nos digan -Aquí está prohibido fumar puros, señor-, y nos largamos a un sitio mejor, donde no hay prohibidores, censores, donde la vida es más agradable, donde la vida es humo y sueños. Alea iacta est, hermano lelo.
Fernando Casanova y Llaca, es abogado
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