Nuestro idioma o lengua, que es el castellano o español, es un idioma sonoro, solemne y bello.
Si observamos su sonoridad, parece una sinfónica donde cada instrumentista sabe cuando tocar su nota sin ser requerido.
El inglés es un idioma de pronunciación pesada, y de vocabulario pobre. El francés es galante y amoroso, el italiano posee una familiaridad y complicidad únicas.
Pero el castellano es especial, es un idioma que posee un carácter especial. Carlos V, en el apogeo de su poder dijo que hablaba con los soldados en francés, con las mujeres en italiano, con los cortesanos en portugués, con los caballos en alemán y con Dios en español, lo cual quería significar la admiración que este monarca tuvo por nuestra lengua.
Tiene un vocabulario amplio donde cada emoción, cada sentimiento, cada forma, tiene su vocablo que lo explica.
El español sacó la sonoridad del árabe, que nos remite al almuecín y su llamado a la oración, y la gravedad del latín, reminiscencias de una Roma Imperial. Nuestra lengua se nutrió de las voces de las Américas.
No se despreció el uso de términos como acal, tomate, bohío, casabe, choclo, ya que esa hibridación o maridaje produjo un español más vivo.
Nebrija, sabiendo lo que valía el idioma castellano y su ortografía, cuando entrega el primer ejemplar a los Reyes Católicos acotó que “La Lengua es Imperio”, señalando que la palabra es más poderosa que el yelmo y la espada.
Pero, en los últimos años, debido a diversos factores, tenemos un alto grupo de personas que desconocen el uso correcto del idioma, que huyen ante la ortografía y que deforman el léxico del español.
No hablo de variantes regionales, eso es otra cosa. Hablo de que se adquirieron como préstamos lingüísticos términos innecesarios para referirnos a muchas cosas. No existe nevera, sino refrigerador, no existe tampoco zafacón, sino cesto de basura.
Eso se acentúa con la pésima educación primaria que tenemos en estos momentos, ya que los egresados de ese sistema educativo lleno de falencias cometen infinidad de yerros ortográficos que dan pena y vergüenza.
Algunos no saben escribir su nombre, otros usan en exceso los galicismos “de y que” ej: ¿dímelo, qué lo qué?, la cual es monstruosa.
Su forma correcta es: Cuéntame, ¿cómo va todo?, ¿Cómo marchan las cosas? Otro defecto es la redundancia y el sin sentido: Juana, baja pa`bajo. Si Juana baja, debemos presumir que está en un piso alto y debe descender o bajar.
Néstor Saviñón es abogado
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