Para ciertos equivocados, la historia no sirve para nada. Para otros, la historia es “lo más importante” y esos, están equivocados también.
Para Aristóteles, “la poesía es más profunda que la historia”.
Vivir de espaldas a sus memorias, es una forma de divorciarse de sí mismo. Pelear con la historia, es de muchas formas enemistarse con el futuro.
Algunos visualizan el asunto como un ejercicio pesado. Como si el pasado “pesara”.
Como si historiar fuera manosear papeles amarillentos, afanar entre páginas gastadas de libros viejos, manipular fechas, nombres de personas, lugares y circunstancias, mortificando la memoria “atiborrada” de “pendejadas”.
Investigar, estudiar, analizar, pensar organizadamente, resume el trabajo del buen historiador. Lo de escribirla bien, es otra cosa más complicada.
Somos lo que fuimos. Seremos lo que hemos sido, siempre y cuando no detengamos el rumbo pesaroso de la historia, y para eso, está la política que requiere mucho de esta disciplina.
El porvenir, no es asunto que atañe al providencialismo, que resume las disculpas irresponsables de la predestinación, para echarle la culpa de refilón, a los “hados y a los astros”.
La verdad es que como pueblo, nos apasiona la historia anecdótica, los “poemitas cursis” y los “discursos de barricadas” y la gente humilde, sin educación formal, discute de historia como si discutiera de pelota.
Vivimos embriagados de heroísmos repetidos. Sin atender otras valoraciones. Las malas mañas y los “bochinches” dominan la cultura popular, colmándola de “bajaderos”.
La vocación milagrera nos cautiva. La “chepa” y la falsa casualidad, rigen nuestras aspiraciones y nuestros “palos asechados”.
Forjamos ídolos imperfectos. Por eso se desdoblan nuestros héroes, predestinados a la caída inevitable. Sobrevivimos evocando derrumbes repetidos.
Fabricamos ídolos malgachos para la adoración, entre la impremeditación y el descaro, para adorarnos a nosotros mismos. A despecho de conceptos fraguamos absurdos, repitiendo gestas inconclusas, que nos regresan hacia atrás.
Los eufemismos, no nos sirven para nada. Porque para lo único que es útil la historia, es como referente indispensable para forjar el futuro.
La historia no se puede cambiar o corregir. Peña Gómez decía que no se le podía hacer trampas a la historia. No se puede engañar a la gente con “historias tristes”.
¿Hacer la historia o escribirla? Este es el dilema. Se puede hacer lo primero, haciendo lo segundo. Es el caso del trabajo meritorio de don Fernando Infante.
Sus cronologías y biografías, tienen el valor de una laboriosidad que corona su importante trabajo intelectual. Historiador que comunica, hace aportes de valor a la historiografía nacional.
Investigador apreciable, adornado con las prendas de un trabajo continuo y científico. Don Fernando hace el trabajo duro de escudriñar con propiedad, y eso bastaría para celebrarlo.
Sin embargo, el docto es más que eso. En un rapto de vocación de servicio, donde no caben los egoísmos tradicionales. Es fabricante de las herramientas que tienen que usar los investigadores en general, para sus trabajos.
Sus huellas tienen vocación de permanencia, porque sus obras sirven y servirán a otros productos tan meritorios con el suyo.
Su biografía de Trujillo es objetiva. Su cronología sobre la llamada “Era” del déspota de San Cristobal, es instrumento indispensable para estudiar esta dictadura.
Lo mismo podría decirse de su trabajo sobre los “Doce años de Balaguer”, pieza valiosa para analizar nuestras memorias políticas recientes.
Don Fernando Infante no se puede incluir en el carnaval de la “trujillomanía” de manera simplista. No se puede meter en ese “paquete” que está de moda, porque vende.
Como las obras del profesor Euclides Gutiérrez Félix, como las de Juan Daniel Balcácer, como las de Bernardo Vega, como las de Mario Read Vittini y otros historiadores serios, que han tratado el tema, estos esfuerzos sirven de manera necesaria para exorcizar un fantasma que no podemos negar ni esconder, pero del que debemos salir tarde o temprano, racionalizándolo, para seguir hacia adelante, haciendo nuestra historia.
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