Una fuerza de la naturaleza era Paul Giudicelli. Su primeraexposición, a los 32 años, conlleva una personalidad bien definida. Paul Giudicelli a esa edad apenas había entrado al mundo del arte, en 1948, pues sus intereses y los de sus padres lo habían llevado por otros rumbos.
Presentó su primera muestra en la Galería Nacional de Bellas Artes, un centro que en esos tiempos era tierra sagrada, en la que exhibió unas setenta obras: óleos, acuarelas, guaches, dibujos y algunos ensayos para murales, y desde ese momento impactó la historia del arte en República Dominicana.
Giudicelli abrió con esa exposición no sólo su bautismo de pintor de gran envergadura, sino la entrada al modernismo en la República Dominicana, un país que siempre se ha mantenido cauto para asumir tendencias en la pintura, un país que siempre estuvo más cercano al academicismo y al expresionismo.
Gausachs, desde la Escuela de Bellas Artes, transmitió al Santo Domingo aletargado lo que Picasso, Isidre Nonell y las vanguardias europeas del Art Decó estaban haciendo en Europa. Pero el Modernismo encontró en él de forma natural al primer personaje capaz de romper con moldes y estereotipos sin ser parte de una capilla o secta como acostumbran actuar los movimientos artísticos.
Giudicelli era modernista antes de conocer el modernismo. El modernismo, un movimiento liberador en el tratamiento de las formas, contrapuesto a la rigidez academicista. El Modernismo significaba libertad, la posibilidad de desarrollar cualquier forma, color o idea, y la pintura no fue una excepción a esa visión del arte.
La libertad de expresión se convirtió en el tema central de los artistas dominicanos de los años 50 y comienzo de los 60. La controversia entre Paul Giudicelli y Jaime Colson sobre el abstraccionismo todavía perdura por la riqueza de argumentos exhibidos por ambos artistas.
Paul Giudicelli estuvo sometido a turbulencias tremendas en su formación como hombre, como artista y como visionario de su realidad.
Ser descendiente de dos corsos en Bateyes de San Pedro de Macorís no es algo que ayude mucho a crear a un joven una identidad nacional.
Los corsos han tenido una historia algo parecida a la de los dominicanos. Es una gran isla, isla continente le llaman ellos mismos. Su identidad nacional la hacen contra la “invasión italiana” y Francia la somete, pero los isleños siempre son distintos. Córcega aún busca su identidad, sus artistas son la vanguardia en la búsqueda de esa identidad.
De seguro que en la intimidad de la familia Giudicelli-Palmieri, el ser corso era una presencia constante. Pero el joven Paul, de seguro hipersensible y contestatario, vivía en otra realidad paralela: la búsqueda de su identidad dominicana.
Fernando Casanova y Llaca, es Abogado
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