Casi todo el mundo duda de su aspecto físico, pero muy pocos ponen en duda su inteligencia. Esa es una frase que les viene como anillo al dedo a los que dirigen la imagen del presidente Leonel Fernández. Están convencidos de que son unos genios y no tienen la más mínima duda de ello.
La reciente gira del presidente, gira como las que se hacían para ir de paseo en guagua a Boca Chica, es uno de los viajes más inoportunos que puede haber hecho en sus ya demasiados años de gobierno. Y las notas de prensa suministradas por sus profesionales de información, imagen, medios y estrategias son la evidencia.
Las fotos enviadas a los medios, mostrando las grandes reuniones e importantes acuerdos, son de pena, casi patéticas. Todas lucían llenas de intrascendencia, todas eran de personajes de segunda y tercera fila, (ninguno de su propio nivel protocolario) y parecían como las que se hacía José Jaas en Hollywood y Cannes para parecer importante.
Todos esos acuerditos y reunioncitas pudieron haber sido hechos aquí o por los funcionarios diplomáticos dominicanos en esos países.
Fue inoportuno el viaje, porque nuestro país, ni ningún país tercermundista como el nuestro, está para gastarse el presupuesto nacional en viajecitos, en naderías personales para alimentar una personalidad sobreestimada. Inoportuno sobre todo porque se hace en momentos en que el dinero no alcanza, según ellos, los que iban en la gira, para pupitres y sueldos en la educación, ni para asignar los recursos económicos que se perciben y que la Constitución manda asignar.
Es que no hay decoro. El decoro es la conciencia de una circunstancia, y el respeto a ella por los que una persona se abstiene de hacer cosas vergonzosas. Es también decencia, algo de dignidad.
Si el viaje era oficial, no lo parecía. Si el viaje era personal o una gira entre amigotes, habrá que explicar de dónde salió todo el dinero para el séquito que se llevaron antes, durante y después del viaje.
Cuando los gobernantes duran mucho en el puesto, ocurre que los gestos y gracias que antes hacían reír, y se veían "cool", se van convirtiendo en odiosos, desagradables e inoportunos. El poder casi absoluto entumece los sentidos y la inteligencia, produce sordera y ceguera, se insiste en lo mismo que en un tiempo le dio resultados, sin darse cuenta de que ya está agotado. Son como esas personas mayores que se siguen vistiendo como cuando tenían 17 años y algunas ropas le quedaban ideales, pero 30 o 40 años después no pueden seguir vistiendo igual, porque el resultado es patético.
Fernando Casanova y Llaca es abogado
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