Las fotos que muestran al director de la película Lotoman, Archie López, recogiendo videos supuestamente pirateados y, además, conduciendo preso a los supuestos pirateadores, nos hacen pensar que las cosas referidas a los derechos de autor van a peor.
Difícil de entender es que un particular tenga que tomar en sus manos la represión reservada al Estado, y además en plena vía pública, y que un programa de televisión lo presente como un hecho justiciero a imitar.
Las facilidades de las nuevas tecnologías, en especial Internet, han hecho que los modelos de producción, consumo y de distribución de creaciones culturales hayan cambiado drásticamente, como ha pasado en otras muchas industrias.
Las posiciones o roles de creadores, público y usuarios se han ido desvaneciendo, cosa que puede que sea buena si en verdad se quiere que el arte sea para todos y que todos participen en la creación.
La creación profesional convive cada vez más con la creación amateur, alimentándose unos con los otros. Pero también está el temor de muchos medios a publicar una foto o una cita de cualquier autor que tenga su trabajo registrado o no. Las demandas reclamando derechos de autor están a la orden del día, algunas de ellas rayando lo ridículo y con unas ganas de ganarse el dinero que no se van a ganar con la producción original.
El temor a las demandas por autoría está generando el que no se vea en los medios de comunicación a los jóvenes creadores, pintores, fotógrafos, músicos o poetas. Es que las leyes que protegen el derecho de autor son tan rígidas, desconocidas y hechas a la medida de los artistas consagrados, que la difusión y noticia del arte joven está desapareciendo de los medios, y con ellas las grandes promesas del arte. Quizás las redes sociales solucionen ese problema, antes que también las censuren.
Por primera vez en la historia de la humanidad existe la mayor cantidad de creadores vivos a la vez y en posibilidad de contactarse.
Nunca se generaron tantas creaciones culturales o se había tenido tal nivel de acceso a la cultura. Sin embargo, la industria y los que controlan los circuitos culturales no se han reciclado a los nuevos tiempos y su respuesta es la represión, o el cabildeo de leyes, como la Ley Sinde en España, que sólo muestran incapacidad de entender que el mundo no es como era, que todos tenemos que cambiar, que todos debemos ser creativos para poder seguir produciendo arte.
Ver a los artistas y promotores convertidos en policías represores y pidiendo límites a la difusión es cosa nueva y mala.
Fernando Casanova y Llaca es abogado
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