El gobierno de Haití preparó un documento con su plan para la reconstrucción del país, el PDNA son sus siglas en inglés. Ese documento no menciona ni una sola vez a la RD, ni a su frontera, ni la universidad que le ofreció el Perínclito de Villa Juana, ni la ayuda que enviamos cuando el terremoto. Parece que Haití no nos acepta como un Estado vecino, ni como un colaborador para resolver sus desastres.
Desastres que nos envía a diario. El documento sólo ve a USA y Europa como socios comerciales, ni siquiera al Caricom. Esa tribu con bandera sigue pensando como hace más de 200 años.
El haitiano actual es el descendiente del ser traído de África en los barcos de esclavos. Aquel ser era miembro de tribus salvajes, absolutamente ignorante, incapaz de comprender una organización social, y mucho menos de sostenerla una vez que era incorporado a ella. Conductas que perviven en sus descendientes actuales.
Las ideas del Estado y del contrato social están aún sin construir en el cerebro del “haitiano moderno”, recordad a Aristide.
Las ideas de libertad y de solidaridad son nieblas en sus mentes.
Las ideas de riqueza y economía no pasan de saciar el propio consumo inmediato, arrebatando en el combate o la rapiña al vecino lo que éste pueda producir.
Su religiosidad no responde a una finalidad espiritual trascendente, pues no es un código de moral ni ético, sino un atávico fetichismo que aspira a obtener mediante “hechizos y trabajos” ventajas inmorales e ilícitas en favor del solicitante contra los demás hombres. Sabias palabras de José Ramón López, al que hay que volver para entendernos como dominicanos.
¿Y qué pasa del lado dominicano? Un dejar hacer, un dejar pasar. Las élites dominicanas se desentienden de su responsabilidad social, para dedicarse sólo a lo suyo, traicionando así tanto su misión como las exigencias de la idea de independencia nacional. La principal amenaza no procede ya de las llamadas masas dóciles que se desentienden de su destino, sino de quienes están en el tope de la jerarquía social.
Tenemos unas élites que abdican de sus obligaciones; que sólo piensan que tienen derechos y, entre ellos, sus caprichos personales basados en nimiedades consumistas. Un ridículo temor a ser tildado de racista maniata a otros. Si seguimos así seremos una sola tribu, en busca de
una falsa bandera, con un perínclito predestinado, por algún conjuro vudú, como presidente de ambas tribus.
Fernando Casanova y Llaca es abogado
Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla
Comentarios (1)