Vincho Castillo se presta de bocina a Leonel Fernández sobre la posibilidad de convocar un plebiscito para que “el pueblo decida” sobre la reelección presidencial.
Mal momento de Vincho al hacer esas declaraciones, pues su hijo Pelegrín podría ser uno de los pocos con posibilidades de ser presidente. Modificar la Constitución es irrespeto al texto constitucional y a toda la nación. Irrespeto hecho con miras más lejanas, con avidez irracional del presidente del PLD, de la República y de Funglode.
Legislar es considerar los efectos más remotos, y no meramente sus consecuencias inmediatas. El error básico de los proyectos de modificaciones constitucionales ha sido el concentrarse sobre los efectos inmediatos de planes reeleccionistas e ignorar o minimizar sus repercusiones a largo plazo.
En poco más de siglo y medio de vida republicana nuestro país ha tenido 31 constituciones, demasiadas. Es que la inestabilidad política durante esas modificaciones ha sido nuestro signo más identificador. Pero la reforma que se plantea en esta nueva modificación, más que reforma es una perversidad plebiscitaria.
El texto vigente, por las características de su producción normativa, no es más que una sábana llena de remiendos. Todos hechos por un supuesto consenso y aceptación de la mayoría de las fuerzas políticas y sociales, y sobre todo por la compra afrentosa de voluntades. Remiendos que no han resuelto problemas, como la forma de Estado, la cuestión del Presupuesto, la selección de los jueces de la Suprema, entre otros.
Es evidente que la Constitución no parece asentada y no está en el horizonte previsible de los próximos años una aceptación mayoritaria de sus preceptos, a pesar del prestigio que tiene la palabra constitución política.
Las constituciones se asientan sobre el poder, que es el hecho fundador básico, es decir, se apoyan en las instituciones, fuerzas sociales y políticas, operadores jurídicos y ciudadanos de una sociedad que forman la voluntad concurrente que la hace posible, pero un “Predestinado” está tratando de copar todos los resortes de ese poder vía presupuestaria.
La reforma ahora, además de mezquina y sin valor histórico, debe ser una llamada de atención sobre las ansias incontroladas de poder del presidente del PLD.
Nuestras constituciones históricas, la del 1844, del 1852, del 1963 no sobrevivieron mucho tiempo porque los objetivos para las que fueron aprobadas no eran los del poder de turno, no eran los de predestinados de pacotilla, eran los del país que deseamos y merecemos.
Las constituciones no tienen modelo alternativo, son indispensables para la organización de la convivencia, y debemos conocerlas y estimarlas, tanto en sus antecedentes históricos como en su realidad actual. Hoy es el momento para que tratemos de hacer valer la Constitución.
Fernando Casanova es abogado y máster en regulación económica
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